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Tomás de Aquino y el tiempo divino

Sumario

La experiencia del tiempo para Dios

Dios es eternidad

¿Es la eternidad un agregado de los tiempos?

¿Es la temporalidad aplicable a Dios?

La historia oculta del tiempo

La experiencia del tiempo para Dios

Para casi todos los creyentes religiosos sinceros, y especialmente para los cristianos, el modelo de tiempo real que propone su doctrina siempre tuvo semejanzas innegables con el de la teoría de las dos caras del tiempo: un universo finito sometido al paso del tiempo, limitado por la última esfera celestial de las estrellas fijas, tras la cual hay otro universo eterno en el que mora Dios, y en el que algunos privilegiados que son sus huéspedes divinos (Adán, Elías, Noé, María,…) ya están disfrutando de la vida postrera, mientras que otros, los santos canonizados, no se sabe muy bien dónde andan, pero es evidente que no están simple y prosaicamente muertos pues atienden con diligencia ruegos, responsos y encomiendas de sus devotos. Si bien es cierto que encajar este concepto en el marco de la cosmología actual es un ejercicio imposible, no lo es menos que a la hora de contemplar el significado subjetivo que el tiempo tiene para cada existencia en particular, el marco religioso aporta siempre un consuelo innegable y por eso sigue considerándose de gran importancia.

Pero cuando el universo todavía tenía su centro en la Tierra y la última esfera celeste aún marcaba la frontera del reino divino y la ubicación del primer motor inmóvil, la visión cosmológica más refinada era la que se deducía de las aportaciones teológicas que el gran Tomás de Aquino* había realizado allá por el siglo XIII. Hay que aclarar que la preocupación del de Aquino al escribir sobre el tiempo era, más si cabe que en el caso del de Hipona, de índole principalmente teológica y no física, es decir, estaba centrada en encajar la descripción del tiempo con la idea de Dios que se deducía de las Sagradas Escrituras, y destilaba, como es lógico, una particular fijación por entrar en los vericuetos del tiempo de la dimensión divina: la eternidad. Y sin embargo Tomás de Aquino, al que podemos considerar como primer responsable de la reintroducción y aceptación de la filosofía natural aristotélica en el corpus del saber cristiano, añadió ciertas intuiciones de su cosecha que todavía hoy siguen siendo objeto de apasionadas discusiones y debates en publicaciones teológicas del más alto nivel.

Tomás de Aquino
Tomás de Aquino, dibujo sobre pintura clásica, por Eloy Cabalero

Dios es eternidad

Dicho lo anterior, no nos extrañamos al ver como Tomás aporta argumentos de corte aristotélico y cita incluso las obras del estagirita (o simplemente el filósofo) cuando responde a una pregunta sobre la eternidad (Summa, Parte 1, Q10, Art.1):

Llegamos al conocimiento de la eternidad partiendo del tiempo, que no es más que el número de movimiento según el antes y el después…[ ]…En lo que carece de movimiento no es posible establecer un antes y un después…[ ]…Así pues, como el concepto de tiempo consiste en la numeración de lo anterior y lo posterior en el movimiento, el de eternidad consiste en la concepción de la uniformidad de todo lo que está absolutamente exento de movimiento (movimiento aquí estaría mejor traducido como cambio o proceso)…

Después añade que la eternidad es totalidad completa y simultanea y aprovecha para deslindar el flujo del tiempo del ahora, considerándolos como dos rasgos diferentes:

En el tiempo hay que considerar dos aspectos: el tiempo en sí mismo, que es sucesivo, y el ahora, que es incompleto. A la eternidad se la llama totalidad simultánea para eliminar el tiempo y totalidad completa para excluir el ahora del tiempo.

Ya un poco más centrado en los atributos de Dios, Tomás continúa con su consultorio teológico, y dice (Summa, Parte 1, Q10, Art.2):

Dios es lo más inmutable; a Él le corresponde en grado máximo ser eterno. No solo es eterno, sino que es su misma eternidad…[ ]Los tiempos de los verbos son aplicados a Dios en tanto que su eternidad incluye todos los tiempos.

Llegados a este punto (Summa, Parte 1, Q10, Art.4), Tomás continúa con esta fascinante cuestión, aunque lo hace de forma algo desestructurada: por un lado parece considerar al tiempo como una parte de la eternidad, y por otro se pregunta si al no poderse aplicar los atributos de antes y después a la eternidad, ésta será de una naturaleza completamente distinta a la del tiempo. Tomás concluye, no sin algún titubeo, que la eternidad y la totalidad del tiempo no son lo mismo, ni siquiera son medidas del mismo género, pues en el tiempo siempre hay un principio, y en la eternidad solo hay totalidad simultánea. Esta indeterminación lo llevará finalmente a plantearse su famoso dilema sobre la posible contaminación temporal de Dios a la hora de acometer la creación, dilema que, como ya vimos, tiene origen aristotélico. Pero antes de entrar a analizarlo, acompañemos a Tomás en sus vacilaciones sobre si la eternidad es una simple suma acumulada del tiempo, o por el contrario es algo más que eso.

¿Es la eternidad un agregado de los tiempos?

Es solo un poco más tarde (Summa, Parte 1, Q14, Art.13), cuando Tomás de Aquino siembra dudas sobre esa supuestamente ya dirimida diferencia de género entre tiempo y eternidad, cuando dice que:

Pero la eternidad, que existe totalmente de forma simultánea, abarca todo el tiempo…

Todavía más tarde (Summa, Parte 1, Q57, Art.1), mientras reflexiona sobre otro tema de gran relevancia práctica, que es el de la omnisciencia de los ángeles, el de Aquino insiste en que:

Dios conoce, no solo lo futuro que sucederá necesariamente, sino también lo casual o fortuito; porque Dios ve todas las cosas desde su eternidad que, por ser simple, está presente en todos los tiempos, incluyéndolos a todos.

En fin, que cuando Tomás dijo que el tiempo y la eternidad no eran del mismo género uno se anima a pensar que, al fin y al cabo, tampoco debía querer decir que son muy distintos, si es que el agregado de aquellos está comprendido en esta. Pero cuidado con posibles malinterpretaciones. Tomás dice que la eternidad incluye a todo el tiempo, no que sea el agregado de todo el tiempo. La eternidad tomista es, como mínimo, algo más que el total del tiempo. Y como Dios es eternidad, se deduce que comprende al tiempo y a algo más. En lenguaje matemático moderno, si la eternidad es y Eel tiempo es T:

E> Suma de todos los tiempos

La preocupación de Tomás de Aquino, por desentrañar los misterios del tiempo divino se torna casi obsesiva. En el convento de los dominicos de Nápoles en el que residía, sus compañeros frailes lo apodaban el buey, por su imponente presencia física1 y se admiraban cada día más de sus capacidades mentales2. Tomás nunca presume explícitamente de conocer la mente de Dios, pero leyendo su consultorio teológico, a veces se diría que es el escribano que controla su agenda y despacha con Él a diario. Así añade:

La mirada de Dios, siendo una, abarca todo cuanto se hace a través de los tiempos como si estuviese presente, viéndolo todo tal como es en sí mismo.

Y por si no quedaba claro, nos ilustra con una comparación mucho más gráfica en el capítulo 133 de su Compendium Theologicum:

Podemos imaginarnos que, para Dios, el paso del tiempo desde su eternidad, es como la marcha de los viajeros de una caravana para el hombre que lo contempla todo a la vez con una sola mirada desde una alta torre.

Esta comparación sugiere una cierta semejanza con lo que luego llamaremos interpretación estática del tiempo, y con el universo-bloque que surge después de la teoría de la relatividad.

Infografía: el tiempo desde la torre divina
Según Tomás de Aquino, desde la perspectiva eterna de la torre divina, se goza de una vista global de la espacialidad y de la temporalidad del mundo.

La imagen también se parece a la que evocará varios siglos más tarde otro filósofo bárbaramente ejecutado por sus ideas teológicas en la Roma papal del año 1600. Se trata de Giordano Bruno, que en su obra Sobre el infinito universo y los mundos, dice:

Giordano Bruno, dibujo por Eloy Caballero
Giordano Bruno, dibujo por Eloy Caballero

Pasado o presente, sea cual fuere el que elijas, o también futuro. Todos son un solo presente, ante Dios: una unidad infinita. Giordano Bruno*.

La influencia de las ideas tomistas sobre el tiempo divino permearon toda la cultura de base cristiana durante siglos y se dejan ver en ámbitos diversos del arte y la literatura posteriores, por ejemplo en el Quijote, donde vemos al hidalgo manchego diciendo que:

Solo a Dios le está reservado conocer los tiempos y los momentos” y que “para Él no hay pasado ni porvenir, que todo es presente”.

Lo que ya no está tan claro es si Tomás de Aquino concebía esa eternidad divina como algo que estaba totalmente separado del tiempo mundano, y si este tiempo era algo que fluía, que estaba en marcha, que quizás era obra de un continuo acto de creación divina, o si por el contrario, el tiempo era una mera ilusión de los sentidos. En cualquier caso, esto nos lleva al anunciado problema de la contaminación temporal por parte de la divinidad.

¿Es la temporalidad aplicable a Dios?

La propuesta de Dios como solución al enigma del tiempo, lejos de solucionarlo todo, introduce no uno, sino varios problemas de gran calado en el razonamiento lógico. El mayor de ellos se deriva del hecho de que la temporalidad es imperfección, finitud, cambio y muerte, y por eso no puede ser aplicable a Dios; la divinidad no puede ser un ente cronotangente. No es correcto atribuirle la temporalidad a Dios, sino solo la eternidad. Pero entonces: ¿cómo es posible que Dios pueda intervenir temporalmente en el mundo, por ejemplo en el acto singular de la creación o en los actos puntuales que se denominan milagros? ¿No significaría eso que Dios ya estaba, o al menos queda en ese momento, contaminado por algunos atributos de la temporalidad? En definitiva: ¿cómo puede un alfarero moldear el barro sin tocarlo?, es decir: ¿cómo puede ser que el Creador genere y altere a voluntad las cosas temporales sin entrar en relación temporal con ellas?3 El asunto todavía empeora más si nos ponemos en el caso de la creación continua tomista que, naturalmente, implica una continua relación de Dios con las cosas temporales, y por tanto una cronopolución permanente.

Salvo algunas contadas interpretaciones difusas, hay que entender que el de Aquino se decanta por negar de raíz cualquier atisbo de temporalidad en el perfil del Creador, dejando así pendiente de resolución el peliagudo problema de la relación de lo eterno con lo mutable, problema que desde una óptica gnóstica, herencia del platonismo auténtico, habría tenido la elegante y sencilla solución de proteger a Dios de la contaminación temporal colocando a un agente intermedio, al que podemos llamar demiurgo, o quizás gran arquitecto del mundo. Esa figura ya no estaría dotada de las mismas propiedades de eternidad e inmutabilidad, al menos no al mismo nivel de robustez que Dios, pero sería capaz de ejecutar de forma delegada y por voluntad divina todas las funciones de interacción con la dimensión temporal. Estamos, en definitiva, diciendo, que si no encontramos filosóficamente lógico, ni teológicamente aceptable, ni religiosamente decente, que Dios se contamine de temporalidad al interactuar con ella desde la eternidad, su condición de Todopoderoso bien le permite moldear una instancia intermedia, a la que podemos suponer de tipo inter-cronológico, o incluso cripto-temporal, es decir con las capacidades temporales que a Él le de la gana. Así mismo, esa figura podría tener delegadas todas las funciones que requieran intervención temporal en el mundo y, como ya hemos dicho, no necesitaría estar dotada de una propiedad tan robusta como la eternidad; bastaría con endilgarle una de carácter más modesto como por ejemplo la perpetuidad. Desde esa instancia inter-cronológica sí se podría mediar entre ambas dimensiones, copiando por un lado las impresiones eternas de la mente divina, y obrando por otro lado en el mundo físico de acuerdo a esas instrucciones con unos determinados plazos: creación, historia, intervenciones puntuales, apocalipsis, en fin: lo que se quiera…

Infografía: Creador, demiurgo, mundo físico
El problema de la incompatibilidad entre un Dios eterno que sin embargo crea en el tiempo sin contaminarse de atributos temporales, se resuelve con la aportación platónica-gnóstica del agente intermediario llamado demiurgo.

Por supuesto, las demandas dogmáticas de la fe católica no habrían permitido al de Aquino ni siquiera contemplar este planteamiento y, aun así, es de destacar que por culpa de otras de sus posturas teológicas, referentes a la integración del corpus aristotélico en el saber aceptado por la Iglesia, su posición post-mortem quedo devaluada, y sus enseñanzas proscritas, durante varias décadas. Finalmente, su figura fue rehabilitada, y tras ser canonizado medio siglo después de su deceso, fue nombrado doctor de la Iglesia en el siglo XVI, y sigue siendo hoy uno de los principales baluartes del cristianismo en muchos aspectos de su doctrina teológica.

La historia oculta del tiempo

Este es un capítulo de mi libro La historia oculta del tiempo. Se trata de un libro que está gustando mucho a todos los que gustan de este tipo de libros, por lo que si eres uno de ellos, anímate y compralo, y si no, tú mismo…

La historia oculta del tiempo, libro por Eloy Caballero
Un viaje de exploración por la crónica del conocimiento científico, filosófico y religioso, en busca de una idea válida del tiempo. Papel: 19,99€

1 Su perímetro corporal al nivel de la cintura era tal, que en la mesa del comedor le habían tallado un entrante en forma de media luna para albergar su enorme barriga.

2 Respecto a su prodigiosa memoria, se cuenta que era capaz de dictar hasta cuatro cartas a la vez a cuatro secretarios distintos, de forma alternativamente secuencial, claro.

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