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Océano de trigo verde de abril

 

En medio del océano de la noche insomne, me encuentro

Con restos vagos de aquellos que mi memoria dice que un día fueron yo;

Son los que me engañaron para dejar de ser niño y apuntarme al juego de la vida.

Aunque detrás de ellos, se ve a un pequeño cabizbajo, obligado a hacer lo que no quiere:

A entrar en la trampa del mundo de los adultos, donde se bebe rancio el vino.

Pero tú no te apures, madre, que bajo el almendro en flor, jugará tranquilo el niño.

En su diminuta alma, rompen las olas de verde trigo en la Castilla de finales de abril.

Son sus recuerdos dunas de pantalón corto donde ondean ortigas que laceran las espinillas:

Son lagunas donde anidan paviotes y anades y duermen grullas mono-pata.

Mientras él corretea por la alfombra perenne de los zopeteros, las lindes y las cunetas,

Suenan trinos de pájaro nuevo abandonado, injuria sobre nido que será aburrido.

Pero tú no te apures, madre, que bajo el melocotón en flor, jugará tranquilo el niño.

Hierba fresca para los conejos, salvado y hechura para los gorrinos;

Tajadas de bacalao en cuaresma y muda limpia para ir a misa el domingo.

Es tiempo ya en abril de plantar el huerto, y tarde para podar los olivos.

Jugará el zagal con su carretilla y hasta los bordes llenará su saquito:

Arena y tierra para una pasadera, haces de esparto para que rumie un borriquito.

Pero tú no te apures, madre, que bajo el albaricoque en flor, jugará tranquilo el niño.

Contará la abuela lo de aquel tío Señales, que siendo ella moza, que lo fue antes de ser vieja

Se cayó un día de lo alto del carro de paja, mientras voceaba por las calles del pueblo,

Que en una plaza del viejo Madrid, igual que antaño a Prim, habían matado a Canalejas.

Traerá padre borrajas para la ensalada, y para el moje: espárragos de tamarilla.

Bajará la calle el ganado, pregonarán fruta, vendrá el afilador, irá al estanco el vecino.

Pero tú no te apures, madre, que bajo el cerezo en flor, jugará tranquilo el niño.

A la escuela acudirá en septiembre el solitario pequeño de la carretilla.

Al pillado jugará con otros chicos; gomas, lapiceros y dentera al romperse la tiza.

Atardece y el chavalín no ve aún la carga bruta que trae el tren de la historia.

Estudia atento la cartilla Chiquilín; garabatea y guarda las letras en su memoria.

Las niñas le darán vergüenza; reñirá y, pobre torpón, nunca aprenderá a hacer el pino.

Pero tú no te apures, madre, que bajo el manzano en flor, jugará tranquilo el niño.

oceano verde de abril
Ya pegó, ya le pegaron; ya lo agredieron, ya agredió…

Al consentido mocoso, exiliado a disgusto del halda y los mimos de su madre,

Le dirán pronto voces ajenas que no vale, que no llega, que no cumple: ¡zoquete!

Lloverán capones, vergazos, reglazos y hostias le darán como panes, que a mano llena o vuelta son infierno.

Tendrá la cara que se merece, cuarteada de relejes de lágrima seca y helada con las escarchas de invierno.

En Navidad, el pequeño ya sabe luego lo que es el miedo del gran juego, lo que es la falta de cariño.

Pero tú no te apures, madre, que bajo el ciruelo en flor, jugará tranquilo el niño.

Aquel guacho creció; ¡ay Jesús, cuánto estiró! Ya pegó. Ya le pegarón. Ya lo engañaron. Ya mintió.

Su sitio en el mundo labró. Ya traicionó. Ya lo traicionaron. Trabajos y ojeras le costó. Ya le robaron. Ya robó.

¡Ea! Siempre con miedo. De la ley natural nadie le habló hasta que del medio siglo o más saltó.

La conoció en la basura, en el descarte, en la angostura, la encontró enterrada en las arenas de Marte

Y cuando la comprendió: ¡cuántas lágrimas lloró por tanta leche derramada a lo largo del camino!

Pero tú no te apures, madre, que bajo el peral en flor, jugará tranquilo el niño.

Ahora, ¡adiós, pequeño!, que el rubio Apolo surge y ruge la mañana de cosas añejas y nuevas.

Ya no existe el mar verde de aquellos abriles, ni cruje más el trigo tierno entre los brazos abiertos.

No hay renacuajos en los charcos, ni pájaros en los cables de la luz, ni culebras en las cuevas.

Estos registros de un olvidado mundo de ramblas, ovejas y corrales son cada día más inciertos.

Con galletas de espelta y abundante azúcar de Cuba se endulza a diario el café amargo del destino;

Pero tú no te apures, madre, que bajo el granado en flor, jugará tranquilo el niño.

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