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Nicolás de Cusa y la caza de la sabiduría

Sumario

¿Se puede cazar la sabiduría?

Lo más valioso es más difícil de encontrar

No es lo mismo lo creado que lo hecho

Conocimiento apofático

Nicolás de Cusa es uno de los personajes históricos que aparece en una novela en la que todavía sigo trabajando de vez en cuando y que, Dios mediante, espero publicar pronto. Su aparición es corta; lo que en el mundo del cine de hoy se llamaría un «cameo», y tiene lugar en Roma, justo antes de que los personajes principales se embarquen para Constantinopla. He querido aproximarme un poco más al espíritu del personaje real con la lectura detenida de uno de sus libros más importantes, que además me salió al paso hace unas semanas en una librería de Madrid: La caza de la sabiduría, libro que el cusano redactó ya casi al final de sus días, alrededor de 1460, que es siete años más tarde que cuando ocurre el encuentro de mi novela; por entonces, Nicolás de Cusa era cardenal de la ciudad italiana de Bresanona. Como siempre que escribo sobre filosofía o literatura en mi web, aclaro al lector de antemano que mi objetivo no es la obra completa del autor en general, sino la obra concreta que analizo en particular. Por tanto, las posibles reflexiones que sobre la filosofía del autor se hagan aquí, se derivan de la lectura de esta obra, no de su obra completa, ni de lo que digan este o aquel comentario, ni de lo que esboce wikipedia.

Ilustración: dos personajes conversan en la Roma renacentista
Nicolás de Cusa y el protagonista de mi futura novela, conversan en Roma, muy cerca del coliseo, allá por el mes de marzo del año 1453

¿Se puede cazar la sabiduría?

Se propone el cusano en este libro, divulgar sus conclusiones, obtenidas después de toda una vida de estudio, sobre la mejor forma de alcanzar la sabiduría: cómo llegar a ella, dónde buscarla, en qué campos y con qué métodos. Para este objetivo debemos tener en cuenta una advertencia que parece irrelevante, pero que es fundamental: y esa advertencia es que Nicolás de Cusa nos ilustra sobre la búsqueda de la sabiduría, o de, al menos:

…la parte del conocimiento que está más próxima a la verdad.

Esto tiene implicaciones de calado que no deben dejar de citarse para el lector efímero, funcional y digitalmente alfabetizado del siglo XXI:

  1. primera, que la sabiduría es hermana de la verdad, es decir, está orientada al bien, o sea, si somos muy sabios en organizar conspiraciones políticas que derriban gobiernos y originan guerras civiles, podemos ser más listos que el hambre, pero en realidad no estamos aplicando sabiduría, puesto que ese conjunto de conocimientos no se aplican para la verdad y el bien, sino para la mentira y el mal.

  2. segunda, que la diana de la verdad no siempre se alcanza, y muchas veces (de hecho SIEMPRE, como veremos al hablar de la docta ignorancia) tenemos que conformarnos simplemente con quedarnos «próximos» a ella. Corolario: la búsqueda de la sabiduría, o sea de la verdad, o sea del bien, está llena de caminos engañosos que en realidad no llevan a ella. De hecho veremos que, la sabiduría no se caza, sino que más bien se ha de desbrozar y escardar la maleza que la rodea para saber al menos lo que la cosa buscada no es.

Ilustración, retrato del cardenal Nicolás de Cusa
Un retrato de elaboración propia del cardenal Nicolás de Cusa, basado en un cuadro que encontré en la red

Lo más valioso es más difícil de encontrar

Al empezar este viaje, confiesa el cardenal que está animado por una reciente lectura de las Vidas de los filósofos, de Diógenes Laercioi, y parte de una premisa evidente: al igual que el cuerpo físico necesita comida, y si no, se muere, y al igual que el espíritu necesita alimento espiritual, y si no, se anquilosa, así la mente necesita alimento intelectual, y si no, el entendimiento se aturde y se confunde. Abundando en el símil del alimento, sigue el cusano apoyándose en presupuestos clásicos y dice que al igual que el animal nace dotado de sentidos y capacidades para lograr su alimento, también el ser humano tiene un entendimiento dotado de capacidad lógica que le ayuda a buscar la verdad, y además cuando la encuentra, se abraza a ella con la misma avidez que un animal hambriento con su presa. Sin embargo, como ya adelanté, esta búsqueda no es sencilla, pues está el mundo dispuesto de tal forma que lo más «valioso», es decir lo más verdadero, es más difícil de encontrar. Efectivamente, nutrir nuestro entendimiento con viandas intelectuales de calidad requiere esfuerzo y atención notables, mientras que, para colmo, satisfacer las necesidades de nuestra parte animal es mucho más sencillo, y a veces esta facilidad nos hace huir, por pereza, del esfuerzo intelectual necesario para dar con la verdad. Pero: ¡Ay que vida tan triste, la dedicada solo a la animalidad!

Como en todo, la experiencia también es un grado en la búsqueda de la sabiduría y ocurre que un entendimiento es mejor cazador cuanto más ejercitado está y cuanta más excelencia despliega en el uso de la herramienta clave: la lógica. Nicolás nos expone en una bella metáfora que: Los filósofos son cazadores de sabiduría que, en el oscuro terreno del conocimiento, se orientan con la luz de la lámpara de la lógica.

Ilustración viejo sabio ilumina en la oscuridad
El filósofo es un buscador de sabiduría que aplica la lámpara de la lógica en el oscuro campo del conocimiento

No es lo mismo lo creado que lo hecho

El mundo sensible, a los ojos de Nicolás, es la obra bella y ordenada del Creador, en la que, aunque suene a perogrullada, todo lo hecho goza de la propiedad poder-ser-hecho. Nada que sea imposible se encuentra en el mundo. Nicolás parece distinguir entre lo «hecho» y lo «creado». Lo que él llama «puede-ser-hecho» parece el mundo de las ideas platónicas, que ha sido creado, o sea, que las ideas son obra directa del Creador, y estas ideas configuran el molde del que surge lo hecho, lo que ya tiene presencia en el mundo sensible. Un poco más adelante, Nicolás parece intercalar un nuevo escalón en su esquema de la realidad, y dice que las ideas son la verdadera creación, son eternas, y de ellas surge el poder-ser-hecho, que ya no es eterno, sino solo perpetuo (tiene principio pero no tiene fin), aunque aún es fijo y estable. De ese poder-ser-hecho es de donde surge lo hecho (que aparentemente ya no es creado, es decir ya no es obra del Creador, que creó solo las ideasii), que al ser copia o instancia imperfecta de su molde ya tampoco es perpetuo, ni fijo, ni estable, sino caduco, cambiante y condenado a dejar de ser un día. Estas son las cosas terrenas y sensibles. En la tabla siguiente quiero representar una síntesis de estas ideas, vistas desde varios enfoques, y teniendo en cuenta que la Divinidad creadora antecede a todo este esquema.

MENTE DIVINA

ENFOQUE

CREADOR → ¿—?

Temporalidad

Eterno →

Perpetuo

Caduco

Factura

Ideado →

Creado

Hecho

Potencialidad

Poder-hacer →

Poder-ser-hecho

Haber sido hecho

Naturaleza

Mundo de las ideas

Molde del mundo

Mundo sensible

Intentando ayudar al lector con un ejemplo tomado del arte del razonamiento, Nicolás nos explica cual sería el poder-ser-hecho en el caso de la construcción de silogismos. Pero se entiende mejor su ejemplo geométrico. Si dibujamos una circunferencia de radio R y centro C, por muy preciso que sea el compás, nuestra circunferencia siempre será una mera instancia del poder-ser-hecho de las circunferencias, que podríamos definir como: el lugar geométrico de todos aquellos puntos que distan R del punto C. La circunferencia dibujada jamás llegará a ser todo lo que puede llegar a ser. Pero anterior incluso a este poder-ser-hecho de la circunferencia, que es fijo y estable, está la idea inteligible y eterna de circunferencia. Esta idea está en la mente del Creador, y aunque nuestras manos e instrumentos son incapaces de dibujarla con perfección, sin embargo nuestra mente sí es capaz de abstraerla e incluso de expresarla en lenguaje matemático: x2+y2=R2. ¿Sugiere esto una conexión con la mente divina?

Los individuos (especímenes) de la naturaleza sensible imitan los arquetipos inteligible,…son imágenes de los mismos y participan de forma variada y temporal de esos arquetipos, que son eternos. Pero los arquetipos no pueden ser imitados con precisión en el mundo sensible, y por eso las cosas sensibles no pueden ser eternas.

Conocimiento apofático

Nicolás pasa después a explorar esas regiones de búsqueda en las que la sabiduría abunda, que son la región de lo eterno, la de lo perpetuo y la de lo temporal, pero lo hace subdividiéndolas en diez camposiii en los que, para no destripar el libro, ya no voy a entrar en detalle, aunque sí adelantaré que como buen germano, Nicolas de Cusa ya tenía la querencia por el fárrago explicativo y la manufactura de vocablos compuestos enguionados que se hizo tan típica de los posteriores filósofos alemanes. Hablaré, si acaso, un poco del primero de los campos: la docta ignorancia. Si incluso en términos de conceptos geométrico simples ya hemos visto que nunca podremos llegar a conocer todo lo que el concepto puede llegar a ser, mucho peor lo tenemos con el conocimiento del Creador. Nunca podremos conocer a Dios tal y como puede ser conocido. Dios es incomprensible y desborda a todo lo cognoscible y cuanto mejor se sepa esto, que es reconocer una ignorancia, tanto más sabio se es. Pero lo mismo ocurre con la esencia de todas las cosas. Por mucho que nos parezca que el conocimiento avanza, Dios y el resto de la creación siempre tendrán aspectos por conocer, puesto que su esencia desborda lo cognoscible.

Incrustada, aunque no declarada en el libro, está la poderosa idea del carácter fundamentalmente apofático de la adquisición de conocimientos en el mundo sensible. La caza de la sabiduría no es, en realidad una caza, sino un desbroce. No llegamos a saber lo que son las cosas sino más bien descartamos lo que no son, y con eso nos hacemos una composición de lo que pueden ser, pero solo una composición que nunca logrará apoderarse de su esencia. La mismísima ciencia, método de aproximación al conocimiento que tantos éxitos nos ha dado en los últimos siglos y que el propio Nicolás practicó de forma rudimentaria, por ejemplo con sus estudios sobre óptica, es en su núcleo, apofática. El método científico elabora hipótesis sobre la realidad que luego comprueba con la experimentación, de modo que esta, no es que confirme que son ciertas, sino que si no halla contradicción puede, como mucho, admitir que podrían no ser falsas de momento.

NOTAS:

ii Hay una cierta indeterminación que anima a pensar el el demiurgo platónico para representar este papel, no ya de Creador, sino de Hacedor.

iii ¿Hay una influencia cabalística en este enfoque, derivada de los diez sefirots del árbol de la vida?

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