Máquinas de sobrevivir

Optimización del interés propio

El comportamiento de los individuos que componemos la sociedad de consumo se describe muy bien con los modelos matemáticos de la teoría de juegos de John Forbes Nash, basados en la desconfianza mutua y el interés propio. Los individuos viven su vida como si fuera un juego y ajustan sus estrategias constantemente en busca de la optimización de ese interés propio, que resulta a grandes rasgos en una lucha por el triunfo que cada uno libramos a diferente escala como máquinas de sobrevivir.

Es curioso que al tiempo que Nash, que sufría esquizofrenia paranoide (la película Una mente maravillosa, del año 2001 está basada en su vida) desarrollaba sus ideas sobre las teorías de juegos, el británico R.D. Laing, el psiquiatra de la anti-psiquiatría, denominado así porque no compartía la base científica del diagnóstico de la enfermedad mental basada en la conducta, pero tratada luego biológicamente con fármacos, recopilaba datos en hogares de Gran Bretaña y descubría que las relaciones familiares estaban basadas, no en el amor y la cooperación, sino en sucesivas capas de mentiras creadas por los egos y en la manipulación del otro en busca de mejores posiciones de poder.

Ilustración: ¿dónde va el ser humano con tanta prisa?
¿Dónde va el ser humano con tanta prisa? Ni él mismo lo sabe, pero le basta con ir el primero

Normalización del ser humano

El ser humano «liberado» de la sociedad de consumo actual es racional, calculador, predecible y, si está convenientemente aislado de conexiones espirituales con el otro, se comportará como un autómata motivado por la desconfianza que busca siempre maximizar el interés propio. Aunque esta visión del individuo pueda parecer negativa, poco humana e incluso supermaterialista, Nash predijo que una sociedad de consumo compuesta con estos mimbres generaría una dinámica de grupo que sería estable y en eso parece que estamos. Esa «liberación» ya no se identifica con el concepto clásico de libertad, que el ciudadano ha cedido en gran medida a los aparatos de seguridad de sus gobiernos democráticos, sino simplemente con «poder de compra».

El resultado es que bien avanzada la segunda mitad del siglo XX, ya se marcaba claramente una tendencia del comportamiento individual hacia la normalización de acuerdo a estos parámetros del autómata aislado que se mueve solo en busca del interés propio. Cualquier actuación de apariencia desinteresada empezó a verse bien como falaz y fachada de una segunda intención oculta, o bien como un desequilibrio mental latente. Los sentimientos complejos, que antes no había problema en admitir como algo humano, y que desbordaban las tragedias literarias desde Homero a Calderón de la Barca, empezaron a verse como desviaciones de la norma que se podían corregir con fármacos. Los antidepresivos, por ejemplo, se consumen en Usa a unos niveles que cuesta imaginar y que han traído el chascarrillo «one nation under prozac».

Trampas en el juego

Este proceso de normalización, con su corolario de automatización de las conductas, ha permitido también que los trabajos modernos se controlen a través de índices matemáticos y objetivos. Esto no es exclusivo del sistema capitalista de consumo; el comunismo lo bordaba con sus planes quinquenales y su fomento del estajanovismo. Y como los objetivos le vienen impuestos y el individuo se comporta como en un juego, acaba echando mano de todos los recursos a su disposición, o sea también hace trampas si puede. Ejemplo real mencionado por Adam Curtis en su documental The Trap: en un hospital mandan cartas a los pacientes en lista de espera para operar y les preguntan cuándo se van de vacaciones. Los pobres pacientes piensan que es para planificar sus operaciones fuera del período vacacional, pero el gerente del hospital hace justo lo contrario y así «mejora» las listas de espera. Al final de año el gerente recibe felicitaciones y parabienes de consejo de administración. ¿Y la situación de los pacientes que necesitan esa operación? Allá se las compongan. Otro ejemplo: en el sector financiero y en el marco de desregulación introducido a mediados de los años 1990, los gestores hacen todo tipo de trucos con los índices y los objetivos para incrementar sus bonus e incentivos. ¿Y la salud del sistema financiero? Crisis tremebunda en 2008.

Cuando una masa crítica de gente aceptó esta visión nashiana del mundo como un agregado de individuos ultraegoístas en el marco de la teoría de juegos, empezó también a ver como algo normal que los puestos de las élites de la sociedad fueran ocupados, lógicamente, por aquellos que «jugaban» mejor, es decir por aquellos que habían entendido mejor los secretos del juego y que lo jugaban con más astucia, incluso recurriendo a las trampas más elaboradas: soborno, chantaje, corrupción política, amiguismo, cabildeo, esquemas de engaño piramidales. Mientras no te pillen, todo vale si logras llegar arriba, es decir, si logras optimizar el interés propio.

Máquinas de sobrevivir

Hoy todos, las élites, los políticos que ejecutan sus designios bajo cuerda y las masas que los aplaudimos mientras vemos el fútbol y los sufrimos en recortes de libertad y sablazos de impuestos, nos hemos tragado esta película de que somos meros individuos aislados y que nuestra misión en la vida es maximizar el interés propio, y que por tanto, con esa base, lo mejor es aplicar la ciencia de los índices y los objetivos para evaluar si somos «normales». Si sale que no, resulta que podemos ser enfermos mentales y entonces nos curamos a base de fármacos. Y en caso de duda no hay problema, porque hoy la ciencia adelanta que es una barbaridad y ya nos dice lo que es normal al pensar, al actuar e incluso al sentir. Y sin embargo fue también el anti-psiquiatra Laing el que, en un experimento de rebuscada intención, coló individuos sanos en un manicomio y comprobó luego que los psiquiatras, después de enterarse del experimento y de la buena salud mental de los sujetos, no querían reconocer errores en el diagnóstico.

Todo esto solo es posible en el marco de una espiritualidad muerta y de un materialismo radical. Si el ser humano sospechara que hay una realidad que supera la dimensión material y que existe una parte espiritual en él y que esa parte lo conecta con todos los demás, y que de forma innata, no enseñado por la ciencia, su corazón ya sabe perfectamente lo que es la justicia y el amor, este ser humano se podría volver cooperativo (y no digo comunista, ojo), y todo el esquema social que anticipaba la teoría de juegos de Nash, o sea la sociedad de consumo, se derrumbaría. Pero como eso no lo quiere nadie, hoy los canales de comunicación de masas, que son los que alimentan de temas a la sociedad, son medios de programación de los individuos, que los inducen a funcionar como máquinas de sobrevivir en un juego desespiritualizado e hipermaterializado. Estos medios nos recuerdan continuamente que lo único que hay en la carrera de la vida es un cuerpo y un cerebro, ergo obtengamos el máximo para el cuerpo y usemos el cerebro para ser los más astutos en ese proceso, así sobreviviremos. Toda la publicidad moderna se basa en esto. La ciencia deja claro que la espiritualidad es un cuento, que el alma es un constructo inservible, que la meditación no sirve para nada y que a Dios, por mucho que se le busque, no se le encuentra en el mundo físico. Al pobre individuo le dicen a todas horas que lo «normal» hoy es ser máquinas de sobrevivir.¡Ay si Heidegger levantara la cabeza!

Comments

So empty here ... leave a comment!

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Sidebar



Si continuas utilizando este sitio, significa que aceptas el uso de cookies. más información

Los ajustes de cookies de esta web están configurados para "permitir cookies" y así ofrecerte la mejor experiencia de navegación posible. Si sigues utilizando esta web sin cambiar tus ajustes de cookies o haces clic en "Aceptar" estarás dando tu consentimiento a esto.

Cerrar