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La leyenda de la partida eterna

¡Qué tontería! No me importa. No me importa. Todas las cosas que no me importan están metidas en una caja de cartón. Se cierra con cinta aislante y no se puede abrir más. Ahora pienso que lo más conveniente es envidar y así evitar los problemas que se me vienen encima si ese novicio empieza a tener la suerte del principiante.

Nubes de color rojo que descargarán pepitas de calabaza en un mundo plano ¿Por qué tengo estas visiones desde que entré en el dichoso bar de carretera? Son como un carrusel imparable. Vienen por lo lejos jinetes que quieren cosas. La vida quiere cosas. Aquí están ya los cuatro cerdos de la piara real. Bañados en pintura metálica, beben vino romano desplazado en el tiempo. Miran los programas chuscos de la televisión y comen hechura de aquella de la que se alimentaban los cerdos en el cenagal del corral de abajo. Allá donde voy oigo sus gruñidos y siento su mal olor. ¿Qué es el corral de abajo?

¿Saben cómo llegué aquí? Tuve que hacer un esfuerzo sobrehumano para arrastrarme por aquella franja de tierra. Estuve a punto de caerme al pozo de verdes aguas, tornasolada cripta que no pudieron evitar tantos conocidos. Sí, tantos, pero ¿Quienes?

Aquel día todos me esperaban ya sentados a la mesa, queridos compañeros con los que iba a jugar la gran partida, la que no termina nunca. Cuando yo llegué, ellos llevaban eones bebiendo cubatas inocuos y comentando los avatares de sus vidas anteriores, los recodos donde tomaron el mal camino, donde a pesar de ser los aventajados, erraron el paso. Me pregunto cómo pueden acordarse de esas cosas. Yo daría todo lo que tengo por recordar detalles de mi vida ¿Quién soy? ¿Cómo llegué a esta dimensión? Debí darme un golpe en la cabeza al atravesar el portal. Y al fin y al cabo, no tengo nada.

El camarero que nos sirve está contento en su bar ¿Por qué? ¿Por qué todo el mundo es feliz en un limbo que existe, pero que no es como el que el papa anuló antaño? ¿Qué es el papa? El limbo es un bar de carretera rodeado por la niebla gris cerrada donde de vez en cuando pasará un coche con más almas extraviadas que, si no saben jugar, se limitarán a rodear a los expertos, observando el desarrollo de las partidas durante toda la eternidad ¿Qué prisa hay?

Pero les contaré más detalles de mi aventura al llegar aquí. Una mujer se me acercó arrastrándose, mientras yo miraba por el brocal del pozo de aguas verdes, y me gritó al oído:

-Muchos de los que aún no estamos allí, ya nos vamos dando cuenta de que los avanzados no han hecho más que anticipar un camino que todos tenemos trillado desde nuestra infancia: el camino del trabajo deslomante en el campo y el alterne nocturno en esos bares en los que cada uno pone en juego lo poco que le sobra. Allí demostrarán su astucia esos hombres y mujeres que no quisieron saber de matemáticas o de física, pero sí de leyes de la vida, no de teoría de las armas, pero sí de la práctica de ellas. Yo no me cuento. Esa práctica se mezclará en las partidas como el aceite que lubrica los engranajes de esa complicada máquina que fue la vida, que fue, que fue, que fue ¿Estaba el eco sólo en mi cabeza?

-¿Por qué me gritas?- le pregunté, asustado, y sorprendido de oír aquellas palabras en la boca de una mujer.

-Para que no nos oigan, pequeño cretino- me contestó con desdén. Después me ordenó:

-Sigueme.

Ella se adelantó fácilmente, arrastrándose con un estilo que solo podría definir si supiera el nombre de ese animal al que me han dicho los que tienen recuerdos, que en la otra dimensión llaman serpiente. Pero al llegar a la puerta del bar se irguio, y entre la densa niebla, la sierpe se hizo dama elegante, sujetando un candelabro mientras me abría la puerta con amabilidad.

-¡Quiero ser tuyo! Huyamos juntos de aquí-le dije sinceramente. No sé de donde saqué el sentimiento. ¿Quedaba en mí algo del instinto de preservación de la especie?

-Dije cretino, pero eres algo peor- se limitó a asegurar ella con una sonrisa, mientras me señalaba el interior. Y añadió:

-Adelante. Te esperan.

Tomé mi sitio y llevo ya jugando varias eternidades. Sé que un día la niebla despejará y nos sabremos todos solos ante el tiempo, mientras bebemos cubalibres, fumamos y envidamos a los restos en la penumbra de esa habitación trasera del bar con las cortinas echadas, con los vasos a medio apurar. Yo sólo quiero levantarme y huir con mi dama ofídica, pero sé que nunca ocurrirá ¿Dónde he venido a parar? ¿Quién soy yo?

 

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