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Justificación del tiempo… y de la eternidad

Vuelvo a hablar del problema del tiempo a través de este libro que pertenece a la colección llamada Biblioteca de Filosofía y Pedagogía de la editorial Fax, de Madrid. El texto fue traducido del original francés por José María Bernáldez Montalvo y está publicado en España en 1967. Su autor, Jean Guittoni (1901-1999) fue un filósofo francés que alcanzó diversos honores académicos y sociales; se distinguió por hacer filosofía desde una postura abiertamente católica y llegó a ser ponente laico del Concilio Vaticano II. El problema del tiempo siempre fue una preocupación constante en su obra, ya desde el arranque en su tesis doctoral, que versaba sobre los conceptos de eternidad y tiempo en Plotino y San Agustín.

En Justificación del tiempo Guitton aborda, mas que el problema del tiempoii propiamente dicho, la parte de este problema que se refiere a la distinción entre tiempo y eternidad. Guitton no entra en el aspecto del transcurso: ¿por qué el tiempo pasa? o, ¿es el transcurso una mera ilusión?; tampoco entra en las dicotomías históricas: ¿es discreto o continuo? ¿es global o local? y apenas entra a intentar definir el tiempo, al que califica de substancia, «huyente»iii y de concepto latente en todos los asuntos de la metafísica y la moral, desde una perspectiva filosófica. Como digo, y aunque no oculta cierta vocación de sinécdoque, él se centra en diferenciar entre tiempo (lo cambiante, lo mutante) y eternidad (lo inmutable, lo intemporal, o quizás más complejo aún, lo atemporal), y brega por deslindar ambos conceptos y señalar, si las hubiera, posibles zonas de solape. Sus explicaciones e intuiciones nos aclaran algunas cosas, aunque lo hacen al mismo precio que casi todos los libros sobre el tiempoiv: marear mucho la perdiz, irse a cada paso por las ramas, arrancarse por peteneras, y salir cada dos por tres por los cerros de Úbeda. No obstante, el libro contiene pasajes muy profundos y conceptos que he creído que vale la pena glosar para todos aquellos interesados sinceramente en el problema del tiempo. Si eres uno de ellos, bienvenido, y si no, adiós muy buenas, porque lo que viene a partir de aquí no te va a decir nada.

La eternidad, si existe, debe de ser intemporal

Guitton empieza a delinear la eternidad dando por sentado que debe de ser algo intemporal, es decir, algo ajeno al cambio. Esto implica una distinción absoluta entre lo temporal (el tiempo) y lo intemporal (la eternidad) que, en sus propias palabras «jamás se yuxtaponen». Sin embargo, cualquiera se da cuenta de la dificultad de estas distinciones, de la complicación de establecer el deslinde entre tiempo y eternidad.

En mi libro La historia oculta del tiempo, yo explico como el propio Tomás de Aquino ya se paró delante de este problema hace casi un milenio para preguntarse algo que parece casi de cajón: ¿es la eternidad un agregado de los tiempos? Tomás abordó la cuestión con la confianza del que va a comprar lana con el monedero lleno, pero salió algo trasquilado del lance, no pudiendo hacer mucho más que decir que: «la eternidad, que existe totalmente de forma simultánea, abarca todo el tiempo», pero sin excluir la posibilidad de que esa eternidad abarque también algo más que todo el tiempo y sin dejar claro siquiera si son entes del mismo género. Podría pasar, valga la metáfora, que la eternidad fuese dinero, que es continuo e incontable, y el tiempo fuesen maravedíes, que son discretos y contables; y podría pasar que además de maravedíes la eternidad contuviera además yenes, rublos, dólares, pero no solo eso, sino también acciones, obligaciones, pagarés, objetos numismáticos o todavía peor, derivados financieros de alto riesgo, bonos basura,…etc. En resumen, podría pasar que, como dijo Platón, el tiempo fuese un remedo o copia imperfecta de la eternidad, que lejos de ser una cosa infinita, continua y absoluta, sería una especie de súper-tiempo, quizás remedo a su vez de otro híper-tiempo, y en ese plan.

La historia oculta del tiempo, el libro
Tapa blanda 20,79€; Kindle 2,99€

Guitton nos intenta orientar en estos laberintos mediante algunas sagaces metáforas de cosecha propia:

El tiempo es el lugar de las opciones, mientras que la eternidad es el de los destinos.

O también:

El tiempo es el lugar de las separaciones que, en la eternidad no existen (cita adaptada).

Luego resulta que, en la eternidad:

  1. Todos los instantes son el mismo

  2. Todos los sitios son el mismo

Si aplicamos esto al espacio-tiempo de la física moderna, llegamos a la conclusión de que la eternidad solo puede ser un punto sin dimensiones temporales ni espaciales, lo cual nos deja perplejos porque apunta a la nada. Hemos caído en un charco de arenas movedizas. Veamos si alcanzamos alguna rama de algún árbol cercano y podemos agarrarnos para salir.

Ilustración referida al paso inexorable del tiempo
No se puede sujetar al tiempo

Cuando la eternidad contamina al tiempo

Quizás Guitton estaba exagerando al decir que lo temporal y lo eterno «no se yuxtaponen», o sea al excluir completamente del tiempo la presencia de lo eterno, que poco después él mismo admite que podría estar manifestándose, sin que nos demos cuenta, en todas las formas elevadas de la vida afectiva, formas como la esperanza (intención de contraerse y eliminar el tiempo hacia el objeto de ese sentimiento), o como el amor verdadero (que se da sin límites espaciales o temporales y que cuanto más se da más se tiene).

También es posible que aunque la eternidad esté fuera del tiempo, algo de nosotros a lo que podemos llamar almav esté presente en el tiempo y conectado a la vez con la eternidadvi. Puede parecer que es necesario adoptar aquí un punto de vista religioso, pero no hace falta. Bastaría con acogerse a la hipótesis de la realidad virtual, del universo holográfico, que proponen, grosso modo, que la vida en el tiempo es como un videojuego que se podría estar jugando desde la eternidad.

Pero aparte de mencionar la posibilidad, Guitton no hace ningún intento serio por diseccionar el alma ni por demostrar la vinculación entre los sentimientos elevados y la eternidad. Lo que sí hace es advertirnos sobre las tres formas en las que puede llegar a parecernos, erróneamente, que la eternidad toca al tiempo. Estas tres formas corresponden a cada uno de los tres aspectos relativos del tiempo: futuro, pasado y presente.

El futuro no es la eternidad

La confusión más frecuente consiste en tomar como eternidad un futuro lejano e ideal que durará para siempre una vez que se haya dado cierta circunstancia: que me haya tocado la lotería, que haya terminado los estudios… La ilusión de un futuro perfecto desborda los límites de nuestra existencia y terminamos proyectando ese estado idealizado hacia la eternidad, olvidando que al día siguiente de tocarnos la lotería nos esperan mil problemas nuevos que alejan otra vez de ese horizonte. Incluso cuando nos hacemos conscientes de este error de apreciación en nosotros mismos, tendemos a creer que a otros sí les pasa. Esto se resume muy bien en el dicho «el prado siempre está más verde en la casa del vecino». Este tipo de delirio de idealización, al que podríamos llamar síndrome del futuro perfecto, también se manifiesta a nivel colectivo, incluso aumentado y corregido por la agregación de las esperanzas individuales, por ejemplo en la forma de una ideología política que por fin va a resolver todos los problemas del hombre, que por fin va a traer la sociedad perfecta: milenarismo, mesianismo, comunismo. Llegaríamos a lo que Guitton llama:

Un absurdo, un estado que fuese a la vez temporal y eterno.

El pasado tampoco es la eternidad

Cuando la contaminación ilusoria de la eternidad se dirige al pasado, como Guitton dice que suele ocurrir en la vejez, entramos en la nostalgia, a la que él llama esperanza al revésvii. Entramos en aquel tiempo ideal de la edad dorada, cuando se podía andar por la Tierra sin miedo, cuando los árboles ofrecían su alimento gratis; son los tiempos del Paraíso, una eternidad que se fastidió en algún momento con la irrupción inconveniente del tiempo. Esta irrupción podría verse desde la óptica cristiana como causada por mal comportamiento del hombre: pecado original. El hombre afectado por esta ilusión del pasado ideal vuelve a proyectar el delirio hacia el futuro y cree que el remedio al malestar presente es, precisamente la recuperación y la reinstauración de aquel viejo pasado perfecto de ayer. Pero esto solo conduce a nuevos fracasos pues pronto se comprende que el pasado quedó superado, y si acaso se debería:

Volver a hallar su espíritu e imaginar nuevas presentaciones y traslaciones nuevas adecuadas a los tiempos presentes.

El presente tampoco es la eternidad

El anhelo de trascendencia que está impreso de forma innata en el corazón humano, nos podría llevar a pensar que si fuéramos capaces de parar la corriente del tiempo podríamos, quizás, echar un vistazo a lo intemporal. ¿Creemos, acaso, que la eternidad está escondida en el fondo del presente? Puede ser, pero la lástima es que no lo sabemos, y probablemente nunca lo sabremos con la certeza que aportaría un, digamos, experimento físico de laboratorio.

Este anhelo abre la posibilidad de contaminación figurada de la eternidad en el presente, según la cual llegamos a pensar que al aumentar la densidad del goce, podemos detener el presente y hacer una visita a la mansión eterna, que estaría escondida en el fondo de cada instante. Aquí entramos en un nuevo callejón sin salida, pues sin duda se puede gozar con intensidad desde los puntos de vista material, intelectual y espiritual. Pero según la experiencia universal siempre llega el instante posterior al gozo, lo que implica que si si pensábamos entrar en lo intemporal de esa manera estábamos bien equivocados. No había profundidad insondable e intemporal en aquel disfrute, sino solo:

Una libación de esencias que exalta simultáneamente los poderes vitales y del espíritu, pero que esquilma siempre en nosotros alguna raíz.

Así, gozar es siempre morir un poco; es gastar una parte de la carga de esencias con la que venimos al mundo físico y que, una vez agotadas hará terminar nuestra estancia aquí. En definitiva, gozar es también gastar tiempo, y por eso:

El goce absoluto está emparentado con la muerte absoluta, y el uno lleva a la otra como su fruto.

Lejos de abrir una puerta a la eternidad, gozar podría ser el acto más temporal posible, sin que esto sea malo, sino al contrario. Es un error emparejar lo eterno con lo bueno y lo temporal con lo malo. Nunca nadie, por muy gnóstico que fuera, debió atreverse a semejante asociación. Bueno y malo son conceptos relativos que solo aplican aquí en lo temporal, nunca en lo eterno.

La idea de la brevedad del tiempo es una salsa del placer, que se tornaría, si persistiera, en sufrimiento; y que no sería quizá soportable si se supiese que es posible tenerla incesantemente y sin riesgos.

Religión y eternidad

La eternidad se pone muy grave desde el punto de vista religioso, donde lo habitual es que el tiempo sea un campo de pruebas en el que nos jugamos la eternidad del alma y comprometemos incluso su potencial aniquilación en el lago de fuego. La apuesta religiosa es tremenda y abrumadora. Nada menos que salvación eterna. Pero su eternidad algo tramposa, pues más que de algo intemporal, se trata de un tiempo indefinidamente prolongado hacia el + futuro. ¿Qué es esto? Y si es eternidad ¿por qué no arrancó también desde el – pasado? ¿Por qué hubo una Creación? Sería entonces, en el mejor caso, sempiternidad, o perpetuidad, pero nunca eternidad. Pero Guitton, influido sin duda por su religiosidad católica da por cierto que nuestra vida en esta realidad física, si no es una prueba, sí es al menos una «preparación» para otra vida de género distinto, un modo de existencia que aquí es inconcebible, pero que en sus palabras:

Esquema sobre el tiempo y la eternidad
Si no podemos definir el tiempo, mucho menos podemos definir la eternidad

«debe corresponder en la conciencia a un sentimiento de presencia absoluta a sí mismo»viii.

Pero este tipo de definiciones circulares suelen ser el testimonio del fracaso del autor a la hora de explicarse, fracaso que suele responder no a una incapacidad expresiva, sino a que realmente no se sabe más del asunto y se quiere salir de él con cierta elegancia rimbombante. Y esto no significa una crítica a Guitton, ni mucho menos. Si consideramos que nadie sabe dar una definición no circular del tiempo, estaremos de acuerdo en que ya es osado hablar del propio tiempo, y por tanto mucho más osado aún hablar de eternidad. Pero lo hacemos porque nos gusta y nos permitimos estas salidas en falso de vez en cuando.

Consciente, quizás de su desorientación, Guitton se hace conducir por expertos en este asunto. Su primer guía es Plotino, que le hace volver al concepto de ese hombre temporal en el que también hay elementos eternos, por imposibles de desvelar que sean en términos de lo que hoy entendemos como pruebas o evidencias o incluso meros indicios materiales. La razón es una facultad humana activa que analiza la realidad y juzga antes de hacer lo que hacemos en la vida, que es tomar decisiones ante las opciones que se nos presentan. La revelación es la capacidad humana de recibir mensajes divinos. La razón es explicable en términos materiales en el tiempo. La revelación viene de la eternidad y de ella no se pueden dar razones.

Hay pues como dos seres en cada uno de nosotros. Uno, fuera del tiempo; otro dentro de él… Somos anfibios.

Spinoza lo acompaña después, para llevarlo a concluir que somos como durmientes atrapados en un mundo de sueños, pero muy conscientes de estar soñando. La vida bien podría ser el sueño lúcido y ordenado con leyes físicas de una mente poderosa de la que no somos más que sub-divisiones. Esa mente total sabe por qué soñamos; nosotros, que somos sus átomos, no lo sabemos mientras estamos dentro del sueño, si bien no es descartable que existan entre nosotros algunos soñadores lúcidos.

No sabemos lo que es el tiempo, y menos la eternidad

Al hombre que está dentro del sueño spinozziano de la vida material le cuesta separar la eternidad del tiempo y le basta la apariencia de que la eternidad es un porvenir prolongado indefinidamente. Hay objetos, situaciones y vivencias potenciales que proyectamos por defecto hacia esa eternidad. Usamos el pasado como fuente educativa de la cual esperamos sacar conclusiones válidas para, quizás, extraer el secreto con el que ingresar en el reino de lo eterno. Pero ese reino no lo concebimos como intemporal. Existe siempre un último instante en nuestra eternidad imaginada, solo que esperamos que esté muy lejos, o sea, que todavía falte mucho tiempo para que llegue: el falta-mucho de Heidegger que nos lleva a la pérdida del tiempo. Pero si falta tiempo, eso no es la intemporalidad, y por tanto eso no es la eternidad. Sigue totalmente vigente la pregunta de Tomás de Aquino: ¿es la eternidad un agregado de los tiempos? ¿es algo más? ¿o incluso es la eternidad atemporal, es decir algo de naturaleza totalmente distinta al tiempo?

Pero entonces: ¿no tiene el hombre ningún medio de intuir la eternidad más que la fe? Pues ya es mala pata, porque hoy la fe se relaciona con creer ciegamente alguno de los credos de las religiones clásicas, y eso se considera, en el mejor de los casos, un engaño autoinducido, algo que, sin duda podemos hacer gracias a las capacidades simulatorias del lóbulo prefrontal de nuestros cerebros, pero que no deja de ser una fantasía imaginativa. ¿No hay otra cosa más sólida?

Guitton vuelve a agarrarse al cabo que antes dejó suelto, el de las funciones elevadas de la vida afectiva, el de los sentimientosix y cita a Kierkegaard:

Cuando lo eterno se pone en contacto con lo temporal, no lo hace en el presente, que resultaría ser entonces lo eterno, sino que aparece bajo los rasgos del futuro.

Luego estamos todavía peor que antes, porque resulta que no es en la fe donde el hombre puede vislumbrar lo eterno, sino en la esperanza. Y la esperanza, que es el sentimiento más noble y potente de los que se proyectan al futuro, necesita de la existencia previa de la fe. Para que haya esperanza en algo como la eternidad, tiene primero que haber fe en la existencia de esa eternidad. Guitton distingue entre:

la espera, que está inquieta en el tiempo aguardando cierto instante, y la esperanza, que se proyecta fuera del tiempo hacia lo verdaderamente eterno, que se sustrae del fluir.

No me cabe duda de que esta necesidad de la fe para llegar a la eternidad no satisfará en absoluto al materialista, que lo considerará otro engaño. Hoy por hoy, las cosas están así, aunque es posible que si las florecientes teorías de la realidad virtual logran aportar algún indicio que las soporte de forma más sólidax, se produzca un cambio de perspectiva en el ser humano.

Para terminar: y si hacemos caso a Guitton, mientras «estamos esperanzados» en lo eterno, no nos debemos limitar a «esperar» de brazos cruzados, sino al contrario, debemos ejercitarnos en el tiempo, preparándonos sin prisa pero sin pausa, que para eso la Divinidad hizo el tiempo.

La facilidad de los hábitos y las virtudes solo puede alcanzarse por el ejercicio y no podría subsistir sin un continuo trabajo de conservación: para merecer ser maestro hace falta seguir siendo discípulo día tras día y volver a aprender en secreto lo mismo que se enseña y se cree saber.

En fin, un libro más que interesante para leer con calma en estas épocas de prisas. Pero antes, os recomiendo leer el mío, que ahí sí, ahí sí que os vais a enterar de lo que vale un peine, digo, de lo poco que sabemos del tiempo.

Notas:

ii Normalmente la expresión «problema del tiempo», desde el punto de vista puramente materialista de la física, se refiere a la mera conceptualización del tiempo como magnitud física, a definirla, a establecer sus características, etc. Algo que, aunque suene raro, todavía nadie ha hecho de forma convincente

iii Aunque no existe este participio de presente en español, es entendible el uso aplicado al tiempo como característica permanente. El tiempo, por definición, está y no tiene otra posibilidad que estar permanentemente «a la fuga».

iv Menos el mío, claro, que es el único que va al grano, entra al quite, llega hasta la cocina y remata la faena. Perdóneseme el autobombo. https://www.amazon.es/historia-oculta-del-tiempo-ebook/dp/B07DWYBLBY

v La ciencia psicológica ya ha descartado la existencia del alma, y la trata como un «constructo» inservible en términos científicos. Y todo esto ha ocurrido sin que todavía exista ni la más mínima aproximación científica a una teoría de la conciencia. Esto, en mi modesta opinión es, como poco, un atrevimiento, y gordo.

vi Es obvio decirlo, pero esto implica «siempre», o sea permanentemente conectado.

vii También dice que el arrepentimiento es la esperanza aplicada al pasado.

viii No me parece una frase muy afortunada. Aunque viera el original francés estoy seguro de que no se me ocurriría una traducción mejor, pero apuesto a que la idea encerrada es: existencia sin experiencia.

ix De los sentimientos, que no de las meras emociones. La alegría por que el Real Madrid ha ganado otra vez la copa de Europa no cuenta como función elevada de la vida afectiva. Lo siento.

x Aunque ciertas interpretaciones de los principales experimentos de la mecánica cuántica, en particular el de la doble rendija, solo parecen lógicas desde la óptica de la realidad virtual de un mundo cuyo fondo es información.

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