Lo dijo Ayn Rand:

    Cuando adviertas que para producir necesitas autorización de quienes no producen nada; cuando veas que el dinero fluye hacia los que no trafican con bienes, sino con favores; cuando percibas que muchos se hacen ricos por el soborno y las influencias, más que por el trabajo; cuando compruebes que las leyes no te protegen; cuando contemples la corrupción recompensada y la honradez arrinconada, entonces podrás afirmar sin temor a equivocarte, que tu sociedad está condenada.

Galdós y los Episodios Nacionales

Cinco series, cuarenta y seis novelas

He terminado de leer “Cánovas” el último libro de la quinta serie de los Episodios nacionales de Galdós y así he completado la aventura que comenzó en diciembre de hace cinco años con “Trafalgar”. Antes de empezar con los Episodios, yo solo había leído una novela de Galdós: El amigo Manso, que me gustó, aunque solo moderadamente, pero lo bastante para animarme a seguir explorando el lamentable siglo XIX patrio a través de esta gigantesca obra de cuarenta y seis novelas, divididas en cinco series. Galdós plantea cada serie como una colección de diez novelas independientes pero con un protagonista más o menos común a las diez: Gabriel Araceli en la primera, Salvador Monsalud en la segunda, Fernando Calpena en la tercera, José García-Fajardo en la cuarta, Proteo Liviano en la quinta. La obra completa se compone de 46 novelas porque la última serie consta solo de seis, por lo que hay que suponer que el proyecto original de Galdós era escribir un total de cincuenta novelas para sus Episodios nacionales y que la muerte no le dejó completarlo.

Como siempre que escribo sobre libros, aclaro que me centro en el trabajo concreto sin pretender decir nada sobre la obra general del autor. En este caso, y pese a tratarse de un trabajo monumental, los Episodios son solo una de las muchas novelas de Galdós. Es evidente que una obra de esta envergadura la hace ideal para aquellos que nos interesamos por la historia de España ya que las aventuras de sus personajes están incrustadas en el panorama de nuestro malhadado país a lo largo de su infernal siglo XIX, y eso considerando que la quinta serie termina abruptamente en los sucesos de 1880, es decir que Galdós no llega, como creo que habría sido su intención, a los años finiseculares y a la pérdida-robo de Cuba, Puerto Rico y Filipinas.

Perez galdos
Galdós, por Sorolla

Primera serie: enemigo externo

La primera serie nos relata Trafalgar y se centra después en la defensa contra el invasor francés. En ella vemos al joven Gabriel Araceli en heoricidades de todo tipo desde Cádiz y Bailén hasta Zaragoza. Esta serie corresponde a la España amenazada desde el exterior, esa que abandonada y traicionada por sus propias élites reacciona a nivel popular como gato panza arriba y se defiende a base de guerrillas, horca de ahechar y navaja. Gabrielillo es el representante de esos estratos populares, un joven que sin formación civil ni militar, e ignorante de la política internacional de altos vuelos, apoyado solo en su bravura y buen corazón, asciende hasta los rangos de oficial a través de los hechos de armas. Las amenazas de España en esta serie son las potencias exteriores camorristas: Francia e Inglaterra y la acción se desarrolla contra las ambiciones invasoras de la primera y las ambiciones controladoras de la segunda. España es un pollo sin cabeza que se alía con Francia y contra Inglaterra en Trafalgar, y al poco lucha contra la Francia ocupadora y permite la entrada de ejércitos ingleses en su territorio. Lástima de España.

Cortes de cadiz
¡Viva la Pepa! La primera de una ristra de Constituciones desastrosas

Segunda serie: enemigo interno

La segunda serie cambia el enfoque y salvo el episodio de Los cien mil hijos de San Luis, se centra ya en los problemas internos de esa España que ha puesto en huida al rey José y su equipaje, pero que ha entrado en una etapa de desorden de la que no saldrá ya nunca mientras sea España. Esto último lo digo yo, no Galdós, y perdonen si parezco exagerado, pero esa es mi conclusión. Bien claro se ve en esta serie el morrocotudo problema que plantea la ambición de los nuevos grupos de poder que se despliegan en forma de sociedades secretas, particularmente la masonería, con su credo de cháchara progresista pero de avidez radical por el poder, que se infiltra en todas las instituciones. Y bien claro se ve como este problema se amplifica por ineptitud de las élites y por la atrevida ignorancia del español medio, ese que sin esfuerzo y sin oficio ni beneficio espera salir adelante solo por su labia y su cara bonita a base de agarrarse a algún comedero público vía arrojo o al menos vía nepotismo. Salvador Monsalud, hombre también sin especial educación, transita desde el afrancesamiento por necesidad de su juventud como soldado del rey José, pasando por la masonería zascandil de su vida adulta, para terminar al final desengañado de la política y haciendo negocios con los apostólicos (absolutistas) más reaccionarios de Calomarde. Yo me atrevería a decir que un segundo protagonista de esta segunda serie es el cortesano Pipaón, al que vamos viendo cambiar de chaqueta a lo largo de varias novelas de la serie, desde el más rabioso absolutismo hasta las logias masónicas, según le conviene, siempre poniendo una vela a dios y otra al diablo con increíble talento para la apariencia y el disimulo. Se intuye ya el pesimismo galdosiano de fondo en esta segunda serie, pero todavía no llega a verse explícitamente e incluso parece abrirse un hueco para la luz cuando se muere el rey felón. Pero: ¡qué querrá!

La familia de Carlos IV, Francisco de Goya
Goya plasmó magistralmente el genio de los Borbón, su inteligencia natural, su nobleza y valor de raza, su impagable amor a España tantas veces demostrado

Tercera serie: pintan negras para España

La tercera serie se desarrolla en la España que ya ha enterrado a Fernando VII y lejos de entrar en la buena senda, cae enseguida en la pesadilla de las guerras carlistas, todo por las aspiraciones del infante Carlos, un hermano de Fernando al que Galdós pinta tan ceporro o más que el propio rey felón, rex ceporrorum, y encima de una beatería insoportable. La serie cubre toda la etapa de minoría de edad de Isabel II, hasta su matrimonio con su primo Francisco de Asís y está protagonizada, en general, por Fernando Calpena, joven de estirpe noble, que a diferencia de Gabriel y Salvador si ha sido educado con mucho esmero, pero que transita como funcionario nombrado a dedo por las oficinas de Mendizábal, luego se acopla a los ejércitos de Espartero, y al fin llega hasta a hacer labores como espía en la corte de Oñate y en el acuerdo llamado “Abrazo de Vergara”, que puso fin a la primera guerra carlista. Si Gabriel Araceli pasó del anonimato al heroísmo y Salvador Monsalud del ansia por la política al anonimato voluntario de una vida retirada y oscura, el cambio que experimenta Fernando Calpena es de otra naturaleza, pues lo que a mi me ha parecido apreciar en él es el paso de la ilusión de la juventud a la conformidad de la madurez, de los proyectos de regeneración al fatalismo de aceptar que el destino de España está marcado por la ignorancia y el caciquismo y que el único consuelo que queda es el refugio familiar. El pesimismo galdosiano se deja notar ya claramente en esta tercera serie, ambientada en el medio siglo, pero escrita cuando ya se había perdido Cuba, Puerto Rico y Filipinas, en comparación con las dos primeras que fueron escritas en los años de 1870, cuando a pesar del desastre de América, todavía parecía haber en Galdós un hueco para la esperanza en el futuro de lo que quedaba de España.

1902, Historia de España en el siglo XIX, vol 2, El abrazo de Vergara, Pablo Béjar (cropped)
El abrazo de Vergara entre Espartero y Maroto. Fin de la primera guerra Carlista.

Cuarta serie: España no tiene remedio

José García-Fajardo, el protagonista de la cuarta serie, viene de estudiar en Italia y después de muchas dudas falderas y mucho babeo tras varias guapas de relumbrón llega a marqués de Beramendi por matrimonio con una fea pero rica de la familia de los Emparanes. A través de su peripecia de hombre prescindible de nobleza regalada en tómbola, vivimos la España de las guerras africanas del prestigio y de las campañas españolas de Prim, hasta su asesinato inaclarado el mismo día del arribe de Amadeo I de Saboya a España. Esfuerzos titánicos vanos y matanza de moscas a cañonazos son señas de identidad de los españoles, mientras el país sigue su proceso de descomposición con guerras carlistas intercaladas, nepotismo rampante, amiguismo, caciquismo desaforado, robo de la renta nacional por las élites y gobiernos de quita y pon, tirando de este o aquel lado con amaño de elecciones acordado en trato ilegal con luz y taquígrafos.

Amadeo I frente al féretro del general Prim de Antonio Gisbert 1870
El mismo día que llega Amadeo, matan a Prim

Quinta serie: en caída libre

Si Beramendi ya es lapa que parasita y no aporta, menos aporta aún Proteo Liviano en la quinta serie, hombre de apellido, talla y carácter mínimos, que vive de la limosna de la madre Historia y que nos presenta los desastres que desde la patada a Isabel y la espantada de Amadeo llevaron al despropósito de la Primera República. Proteo es menos que nada, pues es Liviano y no trae nada a los hombres pues no llega a Prometeo. Este minúsculo cronista empieza sus andanzas pelotilleras proponiendo en charla pública vascongada que el papa debiera de tener mando en plaza en el gobierno de una España que se tiene por tan católica, para terminar predicando el apocalipsis por las calles de Madrid debido a la acogida que España brindó a los religiosos expulsados de Francia en 1880 (algo más de mil, por lo visto y luego la mayoría regresaron a su patria, aunque algunos se quedaron y fundaron instituciones de enseñanza aquí que hoy perviven).

La République à Madrid, Scènes des rues dans la soirée du 11 Février, de Vierge
Viva la república, decía, sin tener ni idea de lo que significaba

España ignora su historia

Si antes he explicado las diferencias en la evolución de los protagonistas principales de cada serie, estará bien que mencione todo lo que tienen en común, que es mucho. Particularmente, me ha llamado la atención el hecho de que los tres primeros protagonistas: Gabriel Araceli, Salvador Monsalud y Fernando Calpena, sean hijos de madre soltera, aunque en algunos casos su identidad sí sea revelada al lector. Estos tres que todavía hacen algo por una España mejor (Beramendi y Liviano son unos gandules) y los tres son “huérfanos” de padre, criaturas que no conocen su conexión cabal con el pasado. Representan la ignorancia de España sobre su ingente contribución a la historia del mundo y simbolizan al pobre diablo que no sabe que la rueda ya está inventada y se ve obligado a redescubrirla cada vez a base de ingenio, sacrificio y esfuerzo personal, que para colmo siempre cae en saco roto. España se desconoce a sí misma y los pocos que están dispuestos a arrimar el hombro por ella terminan desengañados, mientras los gandules que llevan las riendas y los holgazanes que se les arriman la van vendiendo a cachos, guardan los dineros en bancos extranjeros y se ponen las botas en la olla grande de los presupuestos elaborados con la renta nacional. El pueblo llano que salió a la calle a defender su propiedad y su patria contra el francés en 1808 ya no parece existir en 1880.

España no tiene futuro

Galdós en sus Episodios, me parece a mí, denota un pesimismo atroz respecto al porvenir de la España que conoció a finales del XIX: ignorante, confusa, apática, una nación que apenas quince años después de la muerte del autor se iba a enredar en una cruel guerra civil que iba a dejar en mantillas toda la criminalidad real, militar y guerrillera del siglo anterior. No sé qué pensaría el buen don Benito, progresista en su tiempo, pero que sin duda hoy sería tildado de facha por sus correligionarios, si viera que tras el franquismo el país se recompuso un poco y amenazó con romper su mal fario histórico para convertirse en octava potencia mundial. Pero la cosa duró un suspiro y la democracia nos trajo otra vez a nuestro sitio, de modo que un siglo después de la muerte del señor Galdós, y con la amenaza global del coronafraude y el Nuevo Orden Mundial de los ladrones globalistas-cucaracha, España está de nuevo en otro trance tremebundo de ignorancia, confusión y apatía redobladas, acompañado todo de la corrupción institucional generalizada a niveles no vistos ni siquiera con el clan taranconero de los “Muñoces”.

Vivan los Episodios Nacionales

Recomiendo la lectura de los Episodios Nacionales en cómodos plazos, sin prisas, pero sin pausas. Galdós no se duerme casi nunca y salvo algunos pasajes contados, la lectura es entretenida, amena casi siempre, interesante desde el punto de vista histórico y muy actual en sus expresiones y giros. No, amigos, no. Galdós no resulta arcaico y particularmente en los retratos es un verdadero maestro pintor que con dos trazos revela el alma de los personajes. Quizás en los lances de acción le falte un poco de mordida, según nuestras costumbres de lectores modernos ávidos acontecimientos, pero el dramatismo está siempre muy bien conseguido. Me ha impresionado en especial el episodio de la recuperación de Bilbao del sitio de los carlistas por parte de las tropas cristinas de Espartero, que considero a la altura de las mejores narraciones de asedios que he leído jamás, y me sorprende que este país mío no abunde en series de televisión, películas y obras fílmicas de todo tipo basadas en este magnífico fresco de la historia española del siglo XIX que son los Episodios Nacionales. Esto me confirma que España demuestra una vez más, su indolencia, su ignorancia prepotente sobre su propia historia pasada (España no trabaja por conocerse), y su apatía sobre lo que pase en el presente (España no trabaja por corregirse) y aun más por lo que pueda pasar en el futuro (a España le importa todo un pimiento morrón).

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