Lo dijo Ayn Rand:

    Cuando adviertas que para producir necesitas autorización de quienes no producen nada; cuando veas que el dinero fluye hacia los que no trafican con bienes, sino con favores; cuando percibas que muchos se hacen ricos por el soborno y las influencias, más que por el trabajo; cuando compruebes que las leyes no te protegen; cuando contemples la corrupción recompensada y la honradez arrinconada, entonces podrás afirmar sin temor a equivocarte, que tu sociedad está condenada.

El lamento del vendedor

Grité mi súplica en medio del atasco al tipo que conducía el porche-cayén.
Expuse mis cuitas al panadero que preparaba la primera hornada del día a una hora indecente.
Se lo conté al boticario y a la practicanta mientras jugábamos al mus en la mesa camilla de la trastienda.
Pinté un esquema del pozo que amenaza engullirme y lo presenté con power-point en congresos y reuniones científicas.
Sermoneé desde los púlpitos a las jóvenes seminaristas que vestían pecaminosas sotanas de muselina rosa en su puesta de largo.
Ladré mis quejas en la televisión basura ante un grupo de gente escamosa, febril y bucanera.
Me desgañité lanzando consignas a moros, judíos y cristianos desde la punta del pico Almanzor.
Solo después de largos años e incontables afonías, he comprendido que hablo una lengua ignota.
Y que la gente tiene sus propios problemas, y que ya nadie escucha a nadie desde que nos animaron a vivir vendiéndonos.

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