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El futuro de España en 2019

Aquelarre democrático y Frente popular

Entre el 28 de abril y el 26 de mayo de 2019 los españoles vamos a votar para elegir gobierno nacional, municipal, autónomo, y hasta uropeo: renovación completa de cargos. Más que «la fiesta» esto va a parecer «el aquelarre de la democracia».

Llega este momento en mitad de un juicio en el Tribunal Supremo a los perpetradores no huidos del plebiscito ilegal del 1 de octubre de 2017 en Cataluña, y de la posterior declaración de independencia suspendida, acciones estas a las que algunos se refieren como «golpe de Estado». Y verdaderamente si atendemos a una de sus definiciones: «tomar decisiones que afectan a la estructura del Estado por cauces no legales», no se les puede decir que no.

Percibo en mi entorno cercano una mezcla de indiferencia y desconfianza ante el resultado anunciado por los sondeos, que apuntan a una probable victoria ajustada de «las izquierdas progresistas». Se vaticina que el comunismo sacará peores resultados que nunca, pero curiosamente podrá tener más influencia efectiva que nunca, pues el socialismo obrero, virtual triunfador de los comicios, necesitará su apoyo directo para gobernar, junto, otra vez, al apoyo indirecto de los separatistas catalanes y los nacionalistas vascos, e incluso al apoyo por omisión de los filo-terroristas. Esta unión de fuerzas, que ha servido para el triunfo de la moción de censura que hizo presidente al doctor Sánchez, ha sido llamada por algunos analistas «frente populari», a imagen de la coalición electoral de la segunda república, si bien aquella era coalición e incluía solo fuerzas de izquierda, mientras que esta será, si es que al final cuaja, alianza post-electoral e incluye izquierdas, nacionalismo de derechas y filo-terrorismo.

La hipotética formalización de la reciente alianza informal de gobierno entre las izquierdas (socialismo obrero y comunismo) y un secesionismo catalán ya plenamente volcado en la independencia, es causa de intranquilidad en el votante español liberal y conservador, que teme que las exigencias de los independentistas ocasionen grandes males a la nación. Pero esto no parece preocupar mucho al votante progresista, que al menos en los casos que yo conozco, mira a la derecha española con gran desprecio desde la atalaya de su supuesta superioridad moralii, y contempla con mucho más agrado la alianza con comunistas e independentistas, aunque sean de derechasiii, con los cuales comparte un rechazo instintivo a la historia y a la idea tradicional de España, y a los cuales sigue confiando en ser capaz de traer al redil sin más que ceder a tres o cuatro caprichos que se pagan con cargo a presupuestos, que total, ya se sabe que el dinero público no es de nadieiv.

Pero visto ya que lo de la independencia de Cataluña va muy en serio y considerando que el reparto de votos entre izquierdas y derechas viene siendo grosso modo del 50/50, el resultado es que si se materializa la alianza de gobierno citada, y a no ser que el 50 que está por la legalidad y la unidad nacional baje los brazos y renuncie a su derecho natural de defensa, España se va a meter otra vez en un callejón de difícil salida. No se sabe muy bien cómo el socialismo obrero mantendrá la estabilidad del edificio nacional mientras se alía con fuerzas cuya razón de ser es deshacer sus cimientos, o sea: romper la ya débil unidad nacional, modificar la estructura de la propiedad, prohibir las tradiciones, debilitar la familia, aumentar la deuda nacional, menoscabar o eliminar la Corona.. y en ese plan. En cualquier caso, insisto, este parece el destino inevitable de España, pues el socialismo obrero siempre preferirá esta opción a la de compartir un gobierno de unidad nacional con la derecha, y puesto entre la espada y la pared, preferirá incluso hacerse el hara-kiri y apoyar indirectamente a un gobierno comunistav.

Llegados a este punto y ponderando esta más que probable hipótesis, me gustaría compartir con mis tres o cuatro lectores mi diagnóstico sobre los males de la España de 2019, con la vaga esperanza de que cuando nos juntemos para la próxima cerveza, no tengamos que lamentarnos de vivir en una nación partida, pobre y sin porvenir. ¿Soy un arbitrista más? Parece que sí.

Ilustración collage, hombre tira de borrica en plaza del pueblo
España en 2019, ¿volvemos a las andadas? ¿vuelta la borrica al trigo? ¿se acaba la linde y sigue el tonto?

El fin de la Transición y del Régimen del 78

España era en febrero de 2004, con sus imperfecciones y sus cosas mejorables, un país pujante que se estaba volviendo a encontrar con su mejor versión y que incluso había hecho su virtual entrada en el entonces llamado G8. Si alguien me hubiera dicho el 10 de marzo de 2004, que el proyecto fundamental del gobierno en 2019 iba a ser sacar el cadáver de Franco del Valle de los Caídos y trasladarlo no se sabe dónde, y ver cómo se puede engañar a la nación para negociar la separación amistosa de Cataluña con mediadores internacionales, yo me habría partido de la risa. Nadie en su sano juicio pensaba en Franco en marzo de 2004. Se pensaba en obras, proyectos, trabajos, empresas, viajes. España parecía haber aprendido las lecciones del pasado y haber levantado definitivamente la vista, para decirle al futuro que ya se había despertado de su letargo de dos siglos o más. Todas las energías se concentraban en labrarnos un porvenir.

El régimen franquista se autodisolvió, nos dimos una nueva constitución, con instituciones modernas, fuimos admitidos en la Unión Europea y en el espacio de la moneda única, somos parte de la OTAN. Sí. Y sin embargo, hoy la Transición toca a su fin. Y digo esto no porque yo lo desee, sino porque la característica principal de la transición que fue el espíritu de concordia, ya ha desaparecido por completo del panorama.

La España de ZP

Los acontecimientos del 11 de marzo de 2004 y los días siguientes revelaron de golpe y porrazo que seguía existiendo un resentimiento y un malestar profundo en aproximadamente esa mitad de la población española que piensa progresista. Y no hablo de los supervivientes republicanos de la guerra civil, que esos sí parecían querer la concordia, sino de los nacidos una o dos generaciones después del conflicto y criados ya en un país abierto a un desarrollo social enorme en las últimas etapas del régimen de Franco. El mejor representante de esta generación favorecida, pero ultra-agraviada es ZP, que salió como triunfador de aquellas elecciones generales celebradas tras el atentado terrorista.

Una de sus primeras acciones, de gran importancia simbólica, fue retirar la estatua de Francovi que presidía la entrada sur al edificio de Nuevos Ministerios en Madrid. ZP nos descubrió que Franco seguía siendo importante en 2004. Sin haber tenido que luchar contra él en vida, y habiendo aprovechado todos los beneficios del desarrollismo franquista para criarse y estudiar en una familia bien acomodada al régimen, ZP daba así la gran lanzada al moro muerto. Su adanismovii era heraldo de la infantilización que arribaba a la política, su jactancia de «rojo» anunciaba una etapa ofensiva de revisionismo histórico y obligaba a los españoles a desviar la vista del futuro para volver a perder las energías otra vez en el debate guerracivilista. ZP, muy bienvenido ahora en la Venezuela bolivariaaána, y reciente propietario a precio de saldo de un chaletviii de millón y medio de leurosix, vino a recordarnos, en resumidas cuentas, que al igual que la España de 1812 no tenía otro futuro que la división y el enfrentamiento per secula seculorum, a la España del siglo XXI, en lo que de él y su partido dependiera, le iba a seguir yendo de culorum.

Desconocimiento y vergüenza de la historia

Curiosamente, las mismas fuerzas del agit-prop que se lanzaron en barrena a cercar las sedes del pepeé en aquellos días de zozobra en los que no se sabía si ETA o no ETA, miran hoy para otro lado y se ponen plátanos en las orejas cuando se le intenta explicar que nos engañaron a todos. Aclaremos y recordemos que entre incontables pistas falsas y destrucción acelerada de indicios y evidencias de todo tipo, la prueba principal del atentado del 11-M es una mochila que no se encontró en el lugar de la explosión, con explosivo que no estalló, y con metralla que no había en el cuerpo de ninguna de las víctimas. ¿A algún español le interesa la verdad, o buscamos todos nuestra verdad particular?

Nos miramos los españoles al espejo a veces y nos sorprendemos de nuestro ingenio para bautizar las cosas. Nadie lee ya los episodios nacionales de Galdós, que pese a progresista en su época, hoy sin duda sería tachado de preconstitucional y de facha fachissimus. Por eso nadie sabe que el «cordón sanitario» ya era una expresión usada políticamente en 1814. Menos aún se lee a Ortega, que aunque progresista en sus días, hoy sería un facha fachorum, y por eso ahora a muchos se les llena la boca con la «vieja política» y la «nueva política», términos que les deben parecer muy originales, pero que ya se manejaban en la Segunda República.

La desafección con la idea de nación española domina a la izquierda y llega al desprecio en el comunismo, y qué decir ya del independentismo que vive para destruirla. Pero tampoco anda muy viva en el centro y la derecha, que siempre matizan que su patriotismo es constitucional, como si España no hubiera existido antes de 1978. El líder del comunismo español se niega a decir «España»; el líder del socialismo obrero recrimina al pepeé su actitud «nacionalista españolista»; su ministro de exteriores dice que Cataluña es una nación; el ex-líder del propio pepeé dice que la Alemania que nos niega la extradición del organizador de una potencial rebelión es: «una nación de primera».

Ilustración: muchacho observa el paisaje español desde la ventana
Españolito que vienes al mundo te guarde Dios, una de las diecisiete autonomías ha de causarte hernia de disco

Insensata confianza en las instituciones

Otro gran problema de los españoles es creer que porque tenemos instituciones prestigiosas, el futuro está a salvo. La Audiencia Nacional es un tribunal de prestigio y condenó a Jamal Zougam a tropecientos mil años de cárcel en un juicio cuya prueba clave es falsa: la mochila de Vallecas. El Tribunal Constitucional es una institución de prestigio y ha refrendado una ley como la de violencia de género, que atenta contra el principio de igualdad ante la ley que fija la propia Constitución. La abogacía del Estado es una institución prestigiosa y acabamos de ver cómo es fácilmente forzada por el ejecutivo, el mismo ejecutivo que violenta al parlamento legislando la cotideaneidad a base de decretos de urgencia, como ni siquiera hacía su bestia negra, Franco. La corona… ¡Ah! Por suerte la corona que hoy detenta Felipe VI parece tener las cosas bien claras y ha demostrado que está en su sitio, pero lamentablemente tiene muy poco poder.

Como bien explicaba Gustave LeBon, las instituciones, por muy avanzadas y democráticas que se pretendan, solo pueden ser una manifestación del genio de la raza que las crea y de los gachós y las gachís que ocupan los puestos institucionales. ¿Y hasta dónde se pueden forzar las instituciones? Dice un gran teorema matemático de autor anónimo:

Dos líneas paralelas no se cortan en ningún punto, salvo que el punto sea lo suficientemente gordo para que se corten.

Particularismos

Centrada sucesivamente en cada uno de los árboles que forman el bosque de su historia, España no se da cuenta de que sigue enredada en el torbellino que se desató a principios del siglo XIX con la invasión francesa. Con la mejor voluntad política, se dio a sí misma la Constitución de Cádiz de 1812─y luego varias más que se han ido yendo caminito de Jerez entre guerras, pronunciamientos y magnicidios─. El autogobierno y la autonomía reclamados al principio por los territorios españoles de América pronto se transformaron en demanda de independencia y en imposición de la misma por la vía de los hechos. Hay que saber leer que los separatismos vasco y catalán de hoy son una continuación de aquellos separatismos americanos. Si Cataluña y el País Vasco se independizan de derecho, que de hecho ya lo son, su interés será que el despiece de España sea completo, pues no solo es que les repugne el concepto «España», sino que la existencia de una España viva, aunque sea agonizante, es una amenaza a sus ambiciones.

Igual que Bolívar tenía claro que el virreinato del Perú no podía seguir existiendo como territorio español en América, los secesionistas catalanes y vascos tienen claro que quieren una partición completa preIsabelyFernando, una desaparición de España y su transformación en pequeñas republiquetas, con grandilocuentes propósitos libertarios y súper instituciones ultrademocráticas. ¡Vaya! Como la Hispanoamérica, perdón quiero decir como la Latinoamérica de hoy: muy republicana, muy bolivariana, tope indigenista y la rehostia…, la rehostia de la pobreza, la corrupción, el robo, el golpe de estado…; eso sí con el sentimiento de agravio contra España muy vivo. Por eso hay tan gran interés en contaminar el odio a España a las regiones limítrofes a Vasconia y Cataluña. ¿Al nacionalismo vasco le gustaría quedarse con Navarra? ¡Claro! Su objetivo es la Gran Euskadi. Pero sobre todo le interesa que cuando la ocasión permita declarar la independencia, que ya falta poco, Navarra, que es su vecina, ya esté completamente desafecta a España. Cataluña con Baleares y Valencia, idem de idem. Los Països.

«España se llevó el oro», decían (y dicen hoy) los secesionistas americanos después de dárselo a espuertas a Inglaterra; «España nos roba», dicen los secesionistas catalanes mientras han arruinado la Generalidad y siguen tirando del FLA. En el fondo, el fenómeno es el mismo en 1812, en 1898 y ahora. Independencia por la vía de los hechos, aceptando el mal menor de la intervención puntual de un Estado cada vez más distante y timorato, y luego independencia de derecho cuando la ocasión sea propicia, aunque sea con violencia, por ejemplo con la vía eslovena, que decía el gran Torra, pidiéndole cuartos a unos, tanques a otros, software a Pernambuco, o poniendo a los niños en cabeza de las manifestaciones orquestadas para que se vea qué malos son los policías españoles, que les pegan a los nenes. Verdaderamente lo que nos está helando el corazón a muchos españoles no es una de las dos Españas que decía Machado, sino lo que estamos oyendo en el juicio del prusés. Muchos no conocíamos el auténtico carácter pacífico y amigable del secesionismo catalán, no habíamos traducido correctamente el «som gent de pau» y no nos imaginábamos con qué intensidad se odia y se insulta a España y a sus símbolos, y con que eficacia se disimula ese odio cuando se necesitan cuartos.

Cataluña (y el País Vasco), independientes de hecho

Las autonomías son una mala idea como institución, pero no son intrínsecamente malas. Lo que las hace malas es el uso que hacen de ellas algunos españoles. En España, las autonomías siempre han sido concesiones del todo a las quejicosas y agraviadas partes: la cubana primero, luego la catalana y la vasca y ahora el desmadre del «café para todos» del 78. Estas concesiones o transferencias solo son el trampolín que catalanes separatistas y vascos separatistas, al igual que antes los cubanos separatistas, querían tener para demandar la secesión cuando pintaran oros. Casi ningún español sabe que la primera región autónoma de España fue Cuba, junto a Puerto Rico, y que aquella autonomía fue un fracaso tal, que después de las primeras elecciones autonómicas, no se llegó siquiera a formar el primer gobierno autonómico cubano, sino que se entró directamente en la guerra. La segunda fue Cataluña, que terminó declarándose un Estado dentro del Estado español y siendo causa coadyuvante a la guerra del 36.

Ilustración som gent de pau, gritan los cdr
Som gent de pau, som gent de pau…

Cuba fue, en palabras de Castelar, «la cuestión de las cuestiones» en la España 1898, como Cataluña es hoy la misma cuestión. Y si Cuba ya era, en palabras del Almirante Cervera «independiente de hecho», Cataluña ya es hoy independiente de hecho, aunque no lo sea de derecho. Los niños no pueden estudiar en español. Los jueces no quieren establecerse allí porque les llenan la casa de mierda sin que el Estado haga nada. El Tribunal Supremo, que es la institución que está juzgando a los acusados de rebelión y otros cargos, es otra más de esas súper-instituciones españolas en las que algunos ponen ingenuamente la esperanza de que el Estado se defienda. ¡Ay qué bien, menos mal! «El Estado de derecho funciona, al fin y al cabo». Pero el poder real ya ha celebrado reuniones bilaterales, estaba dispuesto a ceder ante la petición de un relator y ha dado muestras de su disposición a torcer las probables condenas del Supremo a través del indulto o de la transferencia de los delincuentes a cárceles catalanas, donde la independencia de hecho se pone de manifiesto en casos como el reciente del hijo de Pujol─a los dos meses fuera─. Vía de los hechos.

Élites malas, pueblo bueno: la constitución perfecta

Otro gran error nuestro es atribuirle la maldad y la incapacidad solo a las élites pero no al común Juan Español; es pensar que tenemos mala suerte y que un pueblo noble y digno está mal representado por una especie de ocupas del poder que son enemigos de la nación. ¡Ay, si los que nos gobiernan fueran como los gobernados!, nos decimos, ¡otro gallo cantaría! Es la queja de Quevedo, aquel facha fachérrimo que se atrevió a escribir un libro titulado «España defendida de sus enemigos» que se lamentaba de que los españoles parecíamos condenados a sufrir malos reyes. No sé que habría dicho Quevedo si hubiera visto hace poco a los corresponsales del cuarto poder, que sería más o menos su gremio, reírle la gracia a toda una vicepresidenta del primer poder que tomaba por tonto a Juan Españolx. Mucho se quejaba él de los boticarios y doctores de su tiempo, pero: ¡ay si leyera la tesis del doctor Sánchez!

Todos los españoles aceptamos en gran medida esta idea: «el problema son las élites». Y todos hacemos nuestros arbitrios proponiendo que quizás ajustando algunas instituciones o modificando la ley electoral, y rezando por que alcance el poder fulano, en vez de mengano, las cosas se van a arreglar. Todos creemos que es posible diseñar la máquina constitucional perfecta que va a asegurar el éxito: nos va a defender contra separatas, traidores y delincuentes de todo tipo. No nos damos cuenta de que el genio español sigue ahí, larvado en todo el sustrato de la raza. Desde 1812 ya van echeusté constituciones, y desde 1978 echeusté estatutos de autonomía, a cual más hilarante, regodeándose en el bochorno y rozando ya directamente el ridículo. Pero ahí tenemos a los ingleses, disfrutando de siglos de estabilidad institucional sin necesidad de ninguna constitución escrita de ese tipo.

Ley de causa y efecto

Pero el peor error de los españoles, con diferencia abismal, es nuestra tendencia a ignorar que la realidad que habitamos tiene implantada esta ley inevitable: todos los efectos tienen unas causas que los originan y si las causas se dan, los efectos se terminan desatando. Los actos tienen consecuencias. Y lo malo es que en la mayoría de los casos el tiempo que media entre estas y aquellos se dilata y dificulta la comprensión de la relación causal. Si las consecuencias fueran siempre inmediatas, como cuando a uno le pica una avispa o se pilla los dedos con la tapa del piano, entonces todo sería más fácil. Pero el universo tiene inercias y necesita tomarse su tiempo. Por eso cuando los efectos llegan y nos arrollan como una avalancha, todavía se nos queda cara de tontos y no sabemos por dónde nos caen las hostias mientras nos creemos que maquillando los síntomas la cosa se arregla.

Pretender que se puede admitir la existencia de «nacionalidades» en la constitución sin que esto tenga consecuencias es de una ingenuidad pasmosa. Transferir la soberanía nacional de asuntos tan graves como la educación, la seguridad o la sanidad a diecisiete centros distintos de decisión, dos de ellos, Cataluña y País Vasco, con comprobada e insistente vocación secesionista, es una irresponsabilidad de libro. Permitir a estas dos regiones el secuestro de todos los puestos de funcionariado público, incluida la creación de cuerpos de policía armados como los mozos de escuadra, raya la imprudencia, la imprevisión y la zopenquería. Eludir la responsabilidad amplia de actuación eficaz del Estado tras la declaración de una republiqueta catalana y dejarlo todo en una mera convocatoria electoral es, decididamente, una muestra de que el futuro de España les importa una higa. Actuar sobre los síntomas no sirve para nada. Si de verdad se quieren corregir los problemas hay que actuar sobre el plano de las causas.

El universo ha tomado nota de nuestras acciones y omisiones durante este medio siglo pasado y ahora nos va a devolver unas consecuencias que puede que no nos gusten demasiado. El maquillaje de los síntomas ya no sirve de nada. El mal está dentro y es profundo. La riada que han desatado toda esta serie de fechorías, iniciadas por unos, toleradas por otros, y votadas por nosotros, viene cargada con toda la energía gravitatoria acumulada durante 45 años de solemnes tonterías autonómicas que empiezan a acercarse ya a la estulticia del cantonalismo de la primera república.

¡España! Espera lo mejor, prepárate para lo peor

El próximo aquelarre electoral será un buen retrato robot de los españoles de 2019. Se nos supone adultos y conscientes de las imperfecciones del sistema representativo parlamentario que tenemos. Dejemos ya de quejarnos de las instituciones y las élites y decidamos si somos como ZP, malcriados, desagradecidos de los beneficios recibidos, incluidos los de Franco, ignorantes de nuestra trágica historia, y dispuestos a negociar el tesoro y el despiece del territorio nacional con oligarcas regionales encarcelados y con mediación de relatores, o si hemos madurado ya de una puñetera vez y nos concentramos en el porvenir.

Querida España de 2019, patria amada y grande sometida a las mil amenazas con las que la cobardía y la traición quieren deshacerte desde hace siglos, acógete al Creador de todas las cosas, y espera lo mejor, como yo lo espero para ti de corazón, pero no dejes de prepararte para lo peor, porque por encima de la ley natural y de la ley de causa y efecto, a las que yo me he referido aquí, esta realidad nuestra está gobernada por una ley de orden superior, que se llama: la ley de Murphyxi.

Notas

ii Debido, creo yo, a un comportamiento condicionado por la educación y los medios de masas, en los que el dominio del marxismo cultural es apabullante. El marxismo cultural sigue conservando como su objetivo principal el de la destrucción del sistema cultural tradicional: individuo (confusión sobre su identidad, su sexualidad…), familia (relación hombre-mujer, relación padres-hijos), nación (separatismo)…

iii Se produce una especie de bloqueo psicológico del votante de izquierdas ante una posible alianza con la derecha española, pero no con la derecha antiespañola.

v Ayuntamiento de Madrid. Año 2015.

vii Síntoma común a los líderes progresistas de esta generación y la siguiente. Cuando ZP lanza la ley de violencia de género, parece pensar que es el primer hombre en la historia que ha hecho algo por la mujer. Cuando Pablo Iglesias vuelve de su baja por paternidad presume de haber cambiado pañales, como si fuera el primer hombre que lo ha hecho en la historia.

ix El objetivo de la compra de un chalet de lujo parece ser otro de los rasgos característicos de estos perfiles progresistas modernos: ZP, Pablo Iglesias.

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