Lo dijo Ayn Rand:

    Cuando adviertas que para producir necesitas autorización de quienes no producen nada; cuando veas que el dinero fluye hacia los que no trafican con bienes, sino con favores; cuando percibas que muchos se hacen ricos por el soborno y las influencias, más que por el trabajo; cuando compruebes que las leyes no te protegen; cuando contemples la corrupción recompensada y la honradez arrinconada, entonces podrás afirmar sin temor a equivocarte, que tu sociedad está condenada.

El día del feriante

el dia del feriante small¿Que si me acuerdo de Pepe Forte? Pues claro que sí. Pepe Betanzos le llamábamos en el barrio, porque decía haber nacido allí, con un acento gallego simulado que no colaba ni en broma. Pero reconozco que Pepe era un personaje curioso que destacaba del montón. La simpatía hacia él se despertó pronto entre el grupo de amigos en el que me movía entonces. Y la amistad se fue estrechando cuando, por motivos que desconocíamos, aquel año Pepe se quedó instalado en el descampado, al terminar las fiestas de primavera.

El bueno de Pepe nos abría su caseta de tiro por las tardes, para que practicáramos gratis, y entre disparo y disparo no paraba de contarnos historias y batallas de sus muchos años como feriante. Presumía de haber viajado por toda España, Francia y Portugal, y de haberse codeado con artistas e intelectuales famosos, a los que se arrogaba el mérito de haber ayudado e inspirado en muchas de sus creaciones. Ninguno lo creíamos, cuando decía que acompañaba a veces a Picasso en las corridas de toros, cuando fardaba de haber enseñado ciertos pasos de vodevil al anciano Maurice Chevalier, o haber tomado muchas tazas de café con Sartre y de Beauvoir.

A nosotros estos nombres no nos impresionaban mucho y, dicha sea la verdad, eran para nuestros oídos poco más que ecos débiles de algún trozo de película visto por azar, o de alguna tertulia de La Clave, aguantada a duras penas en uno de aquellos sábados por la tarde de la entonces novedosa Segunda Cadena. Pero Pepe Betanzos nos encandiló desde el principio con su aire de abuelete sabio y paciente, que jugaba al ajedrez contigo en un extremo de la barra mientras la clientela disparaba a los palillos de dientes con sus viejas carabinas de aire comprimido.

Algo justo de dinero, Pepe había llegado a un acuerdo con dueño de un bar cercano, en el que, a cambio del desayuno y la comida, tocaba la guitarra algunas tardes, limpiaba el salón y sacaba la basura.

Su conversación brillaba con luz especial y se le notaban en seguida los viajes y las lecturas, pero pecaba un poco de pedantería, y era incapaz de resistirse a poner el copete a cualquier asunto sobre el que estuviéramos conversando, normalmente con lo que él decía que era una cita de tal o cuál autor. Presumía también de ser un experto en literatura china, aunque aparte de algunas máximas del libro de Lao Tse, ninguno de nosotros, pobres chavales a medio educar, estaba en condiciones de probar que nos estaba engañando. El caso es que cualquiera que fuera el tema de conversación, el tipo sacaba de la chistera un refrán, un dicho, una sentencia de un supuesto literato chino, que ponía punto final al debate y nos dejaba a todos mudos.

Ramiro empezó a sospechar de él desde el principio y a tratarlo como farsante, pero tampoco podía aportar pruebas, y así, Pepe aprovechaba para establecer debates de lógica aristotélica que evidentemente deshacían la solidez del tosco entendimiento de Ramiro que, como el resto de nosotros, nunca había oído mencionar la lógica ni las proposiciones, ni las negaciones y para remate todo terminaba con la frase lapidaria de algún que otro escritor chino de hace algunos miles de años.

Pese a que Pepe Betanzos nos caía muy bien, nos tenía un poco hartos ya con lo que creíamos impostura, y empezamos a elaborar un plan para someterlo a la máquina de la verdad. Estábamos plenamente convencidos de la veracidad del dicho «Los niños y los borrachos siempre dicen la verdad». Así pues lo emborracharíamos y después de sonsacarle la verdad rastrearíamos su casa en busca de las evidencias que nos faltaban para quitarle la careta y ponerlo en su lugar: el de un charlatán de feria amable y sin malicia, pero presuntuoso.

Pero cuál no sería nuestra sorpresa cuando aquella tarde, en una limusina, llegaron tres chinos vestidos de negro y preguntaron en el bar de la carretera por un tal Pepe Feliante ¿Qué no se lo creen? Yo tampoco me lo creía mientras lo veía con mis propios ojos. Yo oí aquellas erres mal pronunciadas y fui testigo de las indicaciones de Ángel, el dueño del bar, que les señaló la zona dónde cada tarde Pepe abría su caseta de dardos y carabinas de aire comprimido. Yo acompañé a esos tres caballeros orientales hasta allí y oí a Pepe recibirlos y conversar con ellos en lo que supuse que era perfecto mandarín.

Pepe abandonó el barrio una semana después, y nunca hemos vuelto a saber de él.
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