El bien y el mal en la obra de JRR Tolkien

  Un proyecto con fondo moral

La obra de JRR Tolkien, y en concreto su parte más conocida que es El señor de los anillos, es uno de los trabajos de ficción más importantes del siglo XX. Es inusual toparse con proyectos literarios de un alcance comparable al tolkieniano, pues su confección lo tuvo ocupado durante buena parte de su vida y su objetivo abarca el ciclo completo de su universo particular, desde la Creación divina a partir de la nada, hasta la llegada de lo que él denomina el fin de la Tercera Edad. Efectivamente, la última guerra del anillo, en la que Sauron queda definitivamente derrotado, pone colofón a lo que podríamos llamar la era titánica, caracterizada todavía por la presencia en Arda de seres inmortales o de carácter mítico como elfos, orcos, magos, trasgos, trolls, balrogs, ents, y esa misma guerra abre paso a la edad de predomino de los hombres, criaturas que pese a la aparente imperfección de su mortalidad y pese a su debilidad comparativa respecto a los seres citados, es la predilecta del Dios Creador, Ilúvatar-Eru. Por eso le ha otorgado un don inaudito: la liberación del peso de la vida física perpetua a través de un destino mortal.

Uno y el mismo es este don de la libertad1 concedido a los hijos de los Hombres: que solo estén vivos en el mundo un breve lapso, y que no estén atados a él, y que partan pronto. El Silmarillion.

El encuentro del lector con la obra de Tolkien suele darse mayoritariamente a través de la trilogía de El señor de los anillos, y no es habitual que ese lector ávido que empieza a conocer los secretos de la Tierra Media descuide la emoción del relato para fijarse en asuntos de naturaleza más bien filosófica como el bien, el mal, la religión o la moral de sus habitantes. Pero aquellos en los que la obra despierta verdadera curiosidad suelen volver a ella de forma recurrente, y la complementan con la lectura de El hobbit y El silmarillion. Entonces, lo que parecía una simple acumulación de aventuras exóticas y vagamente conectadas, basadas en una obvia, casi en una tosca polaridad luz-oscuridad, empieza a convertirse en un cuadro general con sentido completo y a revelar significados profundos de gran trascendencia.

En efecto, el proyecto de Tolkien contiene un estudio completo y detallado del bien y del mal, de su origen, de sus causas y sus efectos, del inevitable conflicto al que se ven abocados2, y todo ello en una sociedad terro-mediana que pese a las formas de apariencia medieval es, en el fondo, homologable a nuestro mundo contemporáneo. Lo más sorprendente es que, viniendo todo esto de un hombre cuya profesión de fe católica es bien conocida, persona de una o dos misas por semana y uno de cuyos hijos, John Michael, fue sacerdote católico, las actitudes religiosas están escandalosamente ausentes en la Tierra Media: no hay iglesias, misas, sacerdotes, hierofantes, obispos asociados al poder del rey o del senescal; la gente no reza, no lee textos sagrados, ni rinde culto a Ilúvatar ni a Manwe. Cabe solo mencionar una llamativa excepción a la que me referiré después, que es la correspondiente al periodo del auge y caída de Númenor, narrado en el relato Alkalabêth. Y pese a esta ausencia general de conductas y valores religiosos, pese a esta aparente laicidad en la ficción literaria del muy católico Tolkien, y pese a que su obra no tiene intención moralizante ni sermoneante, cualquier lector es capaz de apreciar esa tensión entre el bien y el mal y de identificarse con ese sólido fondo moral que existe entre los que se alían para luchar contra Sauron. Si tenemos en cuenta que Tolkien, cuyos enfoques ecologistas quedan bien patentes en su obra, sufrió una menos conocida, pero considerable evolución en su punto de vista sobre la mejor forma de organizar la sociedad, cambiando sus planteamientos iniciales de tipo tradicionalista por una visión que en sus años finales era cuasi anarquista, creo que vale la pena analizar ese fondo moral y extraer las posibles conclusiones vitales que el querido y difunto profesor de literatura de Oxford llegó a alcanzar y en las que llegó a creer, quizás a un nivel mucho más profundo que el que le aportaban sus convicciones religiosas.

Ilustración evocadora sobre la lucha entre el bien y el mal
La batalla entre el bien y el mal es inevitable en el mundo físico

Origen del mal

Llamamos moral al conjunto de principios y convicciones que un grupo humano acepta como válidos para conducir su convivencia hacia el bien. Aunque la moral no es algo fijo, ya que, como apunta su etimología latina3, va cambiando con el tiempo, está claro que la moral no sería necesaria si no existiera el mal, o sea, no tendría sentido plantearse una actuación moral en un mundo luminoso y espiritual de bien absoluto. Pero comprobamos a diario que, en el mundo material, existe en el alma humana una tensión innata que desplaza a algunos individuos hacia comportamientos que no son moralmente aceptables, que no entran en ese conjunto de principios y convicciones comúnmente tolerados, es decir, que son malos. Por tanto, la primera pregunta importante al hablar de moral, se refiere al origen del mal. Y en verdad que se trata de una pregunta endiablada. ¿Que es el mal? ¿Lo opuesto al bien? ¿La ausencia de bien? ¿Es simplemente aquello que el ser humano anota en su catálogo de amoralidades? No. A menos que aceptemos que el ser humano es dios, que no es el caso del proyecto literario ni de la vida personal de Tolkien.

La pregunta sobre el origen del mal, que desde el punto de vista ateo o puramente mecanicista tiene fácil respuesta sin más que recurrir al azar y a la evolución del hombre del tronco común del resto de los seres vivos, sigue siendo muy delicada para el creyente que combina una fe sincera con una mente inquisitiva. Ni siquiera las sesudas respuestas teológicas que, a lo largo de la historia, y dentro del marco cristiano, nos han suministrado caletres privilegiados como los de Agustín de Hipona o Tomás de Aquino, son, cuando se miran con detenimiento, algo más que una salida del paso, ocurrencias, suposiciones del explorador perdido al que le falta el mapa del terreno. Al fin y al cabo, ellos parecen concluir que, como a la hora de asignar la responsabilidad del mal, no hay más elección que la de señalar a Dios o al hombre, y Dios es la perfección, la elección está clara. La caída en el Edén es el origen de mal y el hombre, aunque sea influido por el consejo de la inmunda serpiente, es el responsable último del mal. Casi parece que, al igual que Luzbel en el relato cristiano o su émulo Melkor en el tolkieniano, el hombre lleva impresa esa tendencia hacia el mal, ese deseo de grandeza que amenaza permanentemente con devenir en delirio, como algo innato en su interior, como algo inherente al libre albedrío con el que fue creado por el Supremo Hacedor.

Si miramos las soluciones aportadas por otras religiones nos encontramos con catástrofes, luchas de titanes, dioses de temperamento variado y con otras propuestas igualmente insuficientes para la mente escéptica. La cuestión del origen del mal no ha perdido un ápice de su vigencia: ¿Vivimos en un mundo en el que la divinidad, de la que se supone que somos criatura predilecta, nos somete a pruebas y que está poblado también por una o varias presencias demoníacas que actúan como catalizadores de esas pruebas, tramando y calculando siempre el mejor momento para apartarnos del camino recto? ¿Cómo encajan esas entidades maléficas en la intención, supuestamente amorosa, del Principio Creador? ¿Toleró, o incluso fomentó su aparición? ¿Tiene ese Principio Creador una naturaleza doble, bueno-malo, o es que hay dos Principios Creadores, uno de naturaleza cariñosa y otro opuesto a éste? ¿Están esos dos principios al mismo nivel, o se trata de una estructura de tipo gnóstico, con un primer principio verdaderamente divino encargado de lo espiritual e inmaterial y un segundo principio de menor nivel4 al que podríamos llamar demiurgo, que es el verdadero responsable de la creación del mundo material? Ninguna de las grandes religiones ha dado, a mi entender, respuesta satisfactoria a estas preguntas, solo rodeos alrededor de un problema morrocotudo que se pretende tapar recurriendo a la impericia del citado demiurgo, al diablo, a los “djins”, al castigo por el pecado en un mundo de libre albedrío y a muchas cosas más que no hacen más que marear la perdiz y eludir la cuestión central del debate. Y es que todo lo anterior, por mucho que les pese a Agustín y a Tomás, ya que parece intuirse que para ellos explicar el origen del mal es, de alguna manera, justificarlo, sigue dejando abierto el problema de la responsabilidad divina del mal. Veamos, pues, si Tolkien nos deja las cosas algo más claras. Y empecemos, claro, por la Creación.

La Creación

Ilúvatar-Eru es el nombre que Tolkien da a la divinidad creadora de su universo literario y la música es la metáfora que usa para explicar el proceso creativo. Si algo queda claro en El Silmarillion es que no hay dos principios creadores, sino solo uno: Ilúvatar. Él es el único que puede crear.

El fuego solo está con Ilúvatar. El Silmarillion.

Si partimos de esta certeza absoluta y aplicamos la lógica, no hay forma de librar a Ilúvatar de la responsabilidad del mal, ya sea por activa o por pasiva. Veamos: o bien el Principio Creador único crea intencionadamente la polaridad completa bien-mal, con toda su gama de matices, o bien tolera que la manufacture una entidad espiritual de su propia creación e indeleblemente vinculada a Él, por ejemplo un Ainur llamado Melkor, que no es otra cosa que:

Un vástago del pensamiento de Ilúvatar. El Silmarillion.

Melkor es un vástago, o sea una rama tierna que brota del mismo Ilúvatar, quien lo ha dotado con especiales dones de poder y conocimiento entre el resto de los Ainur. Si hemos establecido que Ilúvatar es el Principio Creador único, y atendemos a lo que el propio Tolkien nos desvela:

A nadie más que a sí mismo, ha revelado Ilúvatar todo lo que Él tiene en reserva. El Silmarillion

Deberíamos admitir entonces que entre los atributos de Ilúvatar está la omnisciencia, y por tanto no ignoraba que un Melkor tan admirablemente dotado de poder y sabiduría iba a sentir bien pronto deseo de crear él mismo5. En efecto, Melkor no tarda en apartarse a sitios solitarios en los que busca la Llama Imperecedera, el Fuego, porque él también quiere dar Ser a cosas propias y le parece que Ilúvatar no se ocupa del Vacío, cuya desnudez lo impacienta. Por tanto vemos como Melkor empieza su andadura en el mundo espiritual, o quizás lo deberíamos llamar el mundo de la energía pura previo a la Creación material, y lo hace caracterizado por la soledad, el ansia de figurar, la soberbia y la impaciencia.

Pero en un momento dado, Ilúvatar plantea la Creación como la obra musical de una orquesta en la que pide a sus vástagos, los Ainur, que toquen una Gran Música en forma de adornos a un tema que él les ha comunicado previamente. Ilúvatar exige unión y armonía en la ejecución y los Ainur componen pasajes que finalmente desbordan el Vacío. Pero el más señalado de entre ellos, Melkor, no se conforma simplemente con elaborar adornos, sino que nace en su corazón:

Un deseo de entretejer asuntos de su propia imaginación que no se acordaban con el tema de Ilúvatar, porque intentaba acrecentar el poder y la gloria de la parte que le había sido asignada. El Silmarillion.

Este pasaje tan revelador, nos confirma en primer lugar que en sus vagabundeos por sitios solitarios Melkor no encontró la Llama Imperecedera, no puede crear de la nada y solo es capaz de copiar de forma bastarda acordes desafinados de la música de Ilúvatar. De hecho, sus adornos son estridencias, discordancias y ruido en el tema general. Pero en segundo lugar apunta a lo que va a ser la verdadera raíz del mal que va a azotar al resultado material de la Creación: el deseo de Melkor de acrecentar el poder y la gloria “de la parte que le había sido asignada”, y nótese bien la importancia de esta cláusula. Cuando Ilúvatar aplica todo su terrible poder al reestablecimiento del orden y la armonía, y la Gran Música termina, los Ainur contemplan asombrados el resultado material de su obra:

Un nuevo mundo hecho visible para ellos: un globo en el Vacío. El Silmarillion.

Al poner fin a la discordancia de la Gran Música y a las pretensiones de Melkor, Ilúvatar tuvo que recurrir a su aspecto más terrible, tanto que los Ainur sintieron miedo, el sentimiento que, como opuesto al amor, es característico del mal por antonomasia y que se origina en este caso, no de Melkor, sino del propio Principio Creador, de Ilúvatar. Melkor, sin duda, sintió también miedo en aquella ocasión, pero sobre todo sintió vergüenza, una vergüenza de la que nació otro rasgo característico del mal:

Un rencor secreto. El Silmarillion.

Los Ainur se regocijan y se asombran ante la luz, los colores, el mar, el viento, y todas las cosas de Arda, la Tierra, el globo creado por la Gran Música. Cada uno vuelve sus pensamientos a un aspecto de la dinámica de este mundo nuevo para cuidarlo y embellecerlo, para proyectar su amor sobre él. Todos menos Melkor, al que por cierto, el propio Ilúvatar le había advertido:

Y tú, Melkor, descubrirás los pensamientos secretos de tu propia mente y entenderás que son solo una parte del todo y tributarios de su gloria. El Silmarillion.

Ilúvatar, por tanto, nos confirma que Melkor, el agente del mal, es una parte más del todo que supone la Creación y que por tanto el mal, como el bien, rinde tributo a la gloria general de la obra. E Ilúvatar, en su omnisciencia, sabe cual va a ser el papel que representará Melkor, el más grande de los Ainur. Melkor bajará a la Tierra disimulando, engañando, fingiendo, incluso ante sí mismo, que tiene intención de ordenarlo todo en beneficio de los futuros Hijos de Ilúvatar6, cuando en realidad está movido solo por rencor, miedo, impaciencia, soberbia, vergüenza, e incluso envidia, que ha nacido en él en cuanto ha sabido que Ilúvatar dotará a esos venideros “hijos” de dones inusitados. Estas son las caras de un mal que, atendiendo a lo ya dicho, concluimos que es Ilúvatar mismo quién las introduce en el mundo físico, antes de retirarse a los Abismos del Tiempo. Ilúvatar tolera, al menos, conscientemente esa presencia ominosa que para la Tierra supone Melkor, pues sabe, quizás, que sin esa polaridad bien/mal la Tierra sería una creación estática e inapropiada para la vida de sus hijos; sería otro mundo como el espiritual, pleno de luz, sí, pero falto de colores del rojo al azul, de sabores del agrio al dulce, de olores desde el hedor hasta el perfume, de penas y alegrías, otro mundo insulso al que ningún ser espiritual querría bajar para vivir experiencias pues: ¿Qué experiencias se pueden vivir en el mundo de lo absoluto? ¿Cómo se puede disfrutar de la luz, si, aunque se sepa conceptualmente lo que es, nunca se ha sufrido la oscuridad?

Pero observemos un detalle importante en la conducta de Melkor, ya que como introductor del mal en el mundo, sus ambiciones son la mejor descripción de la auténtica signatura del mal, el testimonio más palpable de su presencia en el mundo material, más allá de los detalles referidos a daños, faltas, delitos y accidentes naturales, incluso más allá de sus hechuras nacidas de la impaciencia, la vergüenza, el orgullo y el rencor. Una vez en el mundo físico, Melkor siente, sobre todo:

El ansia de tener súbditos y sirvientes, y ser llamado señor, y gobernar otras voluntades. El Silmarillion.

La voluntad de someter a otros a servidumbre, a esclavitud, la imposición de la falta de libertad, el afán desmedido de gobernar a otros: esa es la signatura del mal en Arda. De hecho, es en este punto tan sutil y aparentemente tan desprovisto de connotaciones religiosas e incluso a primera vista morales7, en dónde estriba toda la fuerza del proyecto literario de Tolkien. Arda es, en el fondo, un gran campo de batalla en el que se enfrentan los que quieren ser libres y gobernarse a sí mismos, contra los que quieren esclavizarlos e imponerles un gobierno desde fuera. Es una lucha sin tregua y Tolkien sabía que esa lucha literaria es, aunque no nos demos cuenta, y aunque no creamos en Ilúvatar ni en Melkor, ni tampoco en Yavé ni en Satán, la misma lucha fundamental que se ha librado siempre en nuestro mundo real.

El mal en Arda existe porque su aparición, introducida a través de las deleznables acciones de Melkor y posteriormente de las de sus secuaces, entre los que destacará Sauron, ha sido tolerada por el Creador, ya que forma parte indisoluble de su plan y, quizás al mismo nivel que el bien, también el mal es tributario de la gloria general del asunto. Sospechamos que Ilúvatar ha creado esta dualidad, esta polaridad bien/mal, para que el mundo físico no sea un reflejo material del absoluto espiritual inundado por el bien y la luz, para que sea posible una dinámica que enmarque las actuaciones vitales y permita que sus hijos predilectos, los hombres, vayan más allá de la luz o el conocimiento que hay en el mundo de lo absoluto y disfruten de una verdadera experiencia vital al ejercitar el libre albedrío y acogerse a uno u otro polo. Esa experiencia tiene los mismos rasgos que nuestras vidas reales. Está salpicada de sufrimientos y alegrías, repleta de sensaciones que ahora no solo conoceremos conceptualmente, sino que también sentiremos bajo la piel. Y finalmente, esta experiencia está coronada por la muerte, tras la cual nos espera un destino incierto que nadie, salvo Ilúvatar, conoce y sobre el que Melkor, en lo que probablemente sea el más cruel de sus engaños, ha sembrado la duda en los corazones humanos.

Ilustración alegórica sobre el mundo de Tolkien
Utumno, la fortaleza de Melkor en el frío norte

Materialización del mal

Cuando los Ainur descienden a Arda toman forma física como los Valar, los Poderes de la Tierra. Y a ellos les encarga Ilúvatar su cuidado hasta que llegue la completitud del mundo. Melkor también desciende, como Valar, se supone, pero en realidad lo hace con sus disimulos y fingimientos, y pone el pie en Arda lleno de ocultas malas intenciones que no tarda en manifestar a sus hermanos:

Este será mi reino y para mí lo designo. El Silmarillion.

Atención al detalle: el mal del mundo material, para Tolkien, viene de un ego desbocado por su ambición de poder, de dominio, de someter otras voluntades. Los Valar no tolerarán la osadía que Melkor ha hecho explícita y, por primera vez, los que quieren gobernarse a sí mismos plantarán cara a los que quieren imponer su gobierno arbitrariamente. Es Manwë, el Valar más cercano al corazón de Ilúvatar, el que al introducir el concepto de justicia, muestra a Melkor cual será la base sobre la que se asentarán en el mundo material los que quieran ser libres. Por eso le advierte que:

Este reino no lo tomarás para ti injustamente, pues muchos otros han trabajado en él no menos que tú. El Silmarillion.

Manwë acusa a Melkor de querer tomar algo injustamente, o sea de ladrón. Y es que, en efecto, ejercer el poder omnímodo que pretende Melkor significa, ante todo, robar; robar en el sentido amplio del término, según veremos más adelante. Para Melkor la palabra justicia no tiene sentido. Ya dijimos antes que, desde el principio, cuando todavía era uno de los vástagos espirituales de Ilúvatar, él ya quería acrecentar el poder y la gloria “de la parte que le había sido asignada”, o sea, que le tocaba en el plan divino. Melkor codicia la Tierra y todo lo que contiene; quiere apropiarse de todo robándolo: tierras, voluntades, belleza, almas… Y ambiciona gobernar incluso a los demás Valar. Melkor desprecia a todo lo que no sea él mismo y roba también la verdad, pues engaña a todos hasta convertirse en:

Un embustero que no conocía la vergüenza. El Silmarillion.

La clave del mal: secuaces sin conciencia

Pero Melkor tiene un grave problema, pues está sujeto a la limitación que supone para él su incapacidad de crear. Y además tampoco puede obrar en el mundo físico de buenas a primeras, sino que necesita contar con ciertos agentes materiales. Él mismo toma forma corpórea, como sus hermanos Valar, pero resulta derrotado tras las primeras batallas y se oculta, primero en las Tinieblas Exteriores para replantear su estrategia, y luego en su fortaleza de Utumno. Comprende que necesita servidores que ejecuten sus estrategias malignas. Melkor no puede poner en marcha su asociación criminal sin asociados. Una mafia no puede funcionar sin sicarios y matones ¿Cómo conseguirá esos sirvientes que tanto ansía? Y si son seres capaces de distinguir el bien y el mal, es decir, seres con conciencia, ¿cómo logrará someterlos a su voluntad? Lo hará recurriendo a la única estrategia que tiene el mal para manifestarse físicamente. Corromper lo ya creado.

Melkor ya se había atraído a algunos de los Maiar, los espíritus servidores de los Valar, entre los que están algunos entes de fuego que se convierten en Balrogs, algunos de fortaleza que se convierten en dragones, algunos del mundo natural, que se convierten en licántropos y arácnidos. Y entre todos ellos destaca el futuro heredero del trono maligno: Sauron. Pero además, Melkor rumiará impacientemente e introducirá en el mundo la crueldad y la violencia en cuanto despiertan los Primeros Nacidos: los elfos. No puede crear, pero sí puede engañar, corromper y malmeter, y a ello se dedica en cuerpo y alma. Rapta a muchos elfos recién llegados al mundo, junto al lago de Cuiviénen, y con torturas y esclavitud forzada transforma a estas bellas criaturas cuasi angélicas en horribles orcos. Ya tiene secuaces para poner en práctica sus planes malvados, entre los cuales nunca entra la idea de crear algo, sino solo de torcer lo creado por el bien, solo malbaratar, destruir, derruir, deshacer, afear lo bello, entristecer lo alegre, tornar todo lo que destile amor en miedo.

Esos secuaces son la verdadera clave del mal, puesto que han renunciado a su conciencia, generalmente por miedo, y acatan las órdenes más crueles e injustas sin rechistar. Eso permite a Melkor y a Sauron la puesta en práctica del mal en el mundo físico, un mal que, en ausencia de estos esbirros ejecutores, sería poco más que el pensamiento impracticable de una mente delirante e impedida para crear. ¿Qué es una mafia sin sicarios, sino un chiflado que insiste en que lo llamen “padrino”?

Ilustración alegórica sobre el mundo de Tolkien
El nigromante invoca a las fuerzas del mal en la naturaleza destruida

Cuando el mal ocupa el poder: 1984

Melkor es el mal del mundo, y todas las caras de ese mal que ya cultivaba en su época de espíritu musical: la envidia, el odio, la impaciencia, la codicia, el rencor, la soberbia, la mentira, todas se resumen en su deseo de robarlo y gobernarlo todo en Arda a través del miedo. Melkor no quiere ser un gobernante admirado, ni amado. Él solo entiende el poder como vía para acrecentar su propia importancia subyugando a todos través del terror. Y es en este punto donde Tolkien contacta con un escritor coetáneo suyo que nos legó la fábula más elaborada sobre la búsqueda y la perpetuación del poder a través del miedo. Se trata de George Orwell y de su novela 1984. Cuesta realmente poco establecer paralelismos entre el Gran Hermano y Sauron. Leyendo 1984 nos hacemos una idea de cual podría haber sido el destino de los pueblos libres: elfos, hombres, hobbits, ents y enanos, si el anillo único hubiera caído en manos de Sauron y éste hubiera ganado la guerra.

La Tierra Media se habría convertido en un lugar de desolación poblado por esclavos virtuales sometidos a un control total por parte del amo único a base del miedo a la violencia, a las torturas, a las desapariciones y a la guerra, que serían orquestadas por el propio gobierno pero endosadas a un enemigo perpetuo, los Valar, quizás, sobre los que se proyectaría ese miedo en forma de odio. Cualquier movimiento estaría siempre vigilado, a base de pallantirs, anillos subyugados al único, o quizás de instrumentos mágicos de nuevo cuño desarrollados por el traidor Saruman. Ayudado por el primer círculo de sus sirvientes, que equivaldría al Partido Interior, y en el que estarían los Nazgûl y Saruman, Sauron habría diseminado la ignorancia, la confusión y la apatía y habría empobrecido el lenguaje, cambiando los registros escritos de forma que al cabo de unos años ya nadie recordaría que existió un pasado en el que se luchaba por la libertad. La humanidad estaría perdida y sin esperanza, salvo quizás la que aún quedase en los territorios de los más insobornables amantes de la libertad que hay en la Tierra Media: el muda pieles Beorn, el esquivo Tom Bombadil y las majestuosas águilas de las montañas.

No hay en este esquema del mal nada que no responda al miedo y solo gracias al miedo se sostiene todo este telar. Los orcos obedecen a Melkor y después a su lugarteniente Sauron, pero lo hacen por temor y en el fondo odian radicalmente a ambos señores del mal, pues saben que con prisión y tormentos, ellos les quitaron la belleza y la bondad que una vez tuvieron, cuando eran elfos. El esbirro que acata órdenes injustas e inmorales suele disculparse en la cadena de mando, pero su conciencia, si no ha muerto del todo, es autónoma y le recordará en todo momento que actuó mal. Por eso el aspirante a “padrino” del mal, si realmente conoce su oficio, sabe que sus matones deben tener la conciencia cortocircuitada. Melkor lo consigue a través del miedo. En su concepto torcido de las relaciones jerárquicas, solo cuando hay miedo de por medio uno puede estar seguro de que lo van a obedecer. Como ocurre en 1984, Melkor prefiere que la orden se cumpla porque viene de la fuente del miedo, nunca porque el que la recibe lo haga de buen grado. Al igual que el rey del Cantar del Mio Cid8, Melkor no quiere ser buen señor de unos buenos vasallos. El gobernante que quiere imponerse por el terror nunca busca que sus súbditos actúen de buen grado, sino que obren obligados por un miedo que siempre debe quedar patente. Por eso en 1984 Orwell explica, a través del miembro del Partido Interior, O’Brien, como la tortura sistemática es la perfección máxima de este sistema jerárquico en el mundo el Gran Hermano, y en cualquier mundo que se quiera organizar de esta manera.

El conflicto se prolongará mientras exista la voluntad de poder omnímodo sobre otros y mientras queden algunos de esos otros que tengan conciencia, amen su libertad y rechacen la imposición del control externo a través del miedo. No se puede, simplemente, quedarse de brazos cruzados y no hacer nada, por ejemplo, ante la evidencia de que el anillo único se está manifestando. Si existe una voluntad y una capacidad de poder de esa envergadura, hay que asegurarse, no ya de que no cae en manos del mal, de Sauron, sino de que deja de existir. Los que quieren ser libres y autogobernarse no pueden permitir que nadie, ni aunque entre jurando buenas intenciones, como Boromir, o como Denethor, acumule tal cantidad de poder.

Ilustración alegórica a las novelas de Tolkien
La inmortalidad que promete Sauron es esclavitud fantasmal

Melkorismo: la religión del mal

Al hablar del mal, no parece necesario justificar el tratamiento de los aspectos religiosos. Al fin y al cabo, el sentimiento religioso puede, en muchos casos, surgir en el hombre como reacción a la presencia del mal, o quizás, al revés, es la propia religión organizada la que se propone como solución al problema del mal. Siendo Tolkien una persona de contrastada y diligente religiosidad, sorprende que a la hora de abordar un proyecto literario tan ambicioso, el sentimiento religioso esté casi ausente entre los personajes de su mundo de fantasía. Uno puede pasar por El señor de los anillos y El hobbit sin encontrarse ni un solo templo, ceremonia, misa, rezo, invocación o catecismo. Solo en El Silmarillion aparece claramente un episodio en el que se describe como los Dúnedain habían dedicado la cima de la montaña Meneltarma, en el centro de la isla de Númenor, al culto de Ilúvatar, a cuyos efectos tampoco habían construido un templo, sino simplemente habían dejado una plaza abierta con muy leves signos de urbanización. Por si quedaran dudas, el autor apostilla:

Y en la tierra de los Númenoreanos no había ningún otro santuario ni templo. El Silmarillion

Númenor es una isla que los propios Valar crean ex-novo, para que en ella habiten los hombres que han ayudado tanto en la derrota definitiva de Melkor. Está concebido casi como un mundo ideal en el que los hombres gozan de bienes insólitos si los comparamos con sus homólogos y coetáneos de la Tierra Media, en particular, una vida muchísimo más larga y una salud envidiable que los mantiene robustos casi hasta el fin de sus días. El primer rey Númenoreano, Elros, hermano del mucho más conocido Elrond, reina durante cuatrocientos cuatro años. Los contactos comerciales y culturales con la isla de los Elfos, Eresëa, al occidente, son habituales. Hacia el oriente, los Dúnedain arriban a los puertos de la Tierra Media y son recibidos con honores por los hombres de esa zona, a quienes transmiten conocimientos y artes que ellos habían recibido de los elfos. Las generaciones transcurren en una armoniosa dinámica de paz y convivencia, mientras Sauron, que tras la derrota de Melkor había jurado que se iba a reformar, toma otra vez las de Villadiego y empieza a reunir a las dispersas fuerzas del mal en su nuevo fortín de Mordor.

¿Y sin embargo? Sin embargo, algo hay en el carácter de los hombres que los termina inclinando hacia el borde de la región del mal. Había una prohibición que los Valar habían hecho a los Dúnedain. Si navegaban hacia el oeste, no podían ir más allá del punto en el que se perdían de vista las costas de Númenor. No podían acercarse a Valinor, a la Tierra Bendecida en la que habitaban los inmortales, los Valar y algunos elfos. Y pese al premio de una vida sana y extra larga, pese a las enseñanzas que los hicieron maestros de las artes, pese a la paz y a la armonía disfrutados durante milenios, el corazón de los Númenoreanos terminó dando a luz un rencor contra los Grandes Señores. Mucho antes de que Sauron, como Melkor ya lo había hecho con Fëanor, susurrase a oídos de su rey Ar-Pharazôn, palabras de división y enemistad, los Dúnedain ya sentían un resentimiento incurable contra los que, ellos pensaban, les negaban el mayor bien de todos: la inmortalidad. Curiosamente este Ar-Pharazôn, el último rey Númenoreano, el que al enterarse del rearme de Sauron decide romper la política de paz, tutelaje y ayuda y plantarse en la Tierra Media para reclamar vasallaje y exigir la pleitesía de sus habitantes, ha desarrollado los mismos síntomas que antaño tenía Melkor, pues el autor nos dice que:

Grande fue su ira al oír estas nuevas, y mientras meditaba largamente en secreto se le encendió en el corazón un deseo ilimitado de poder, y de que no hubiera otra voluntad que la suya…Y decidió que él mismo reclamaría el título de Rey del Mundo. El Silmarillion.

Lo mismo que Melkor había sembrado antaño la discordia en el corazón de los elfos durante su estancia en Valinor, Sauron emponzoñará más allá de todo remedio el corazón de los hombres durante su residencia en Númenor. Por primera y única vez en todo el proyecto tolkieniano somos testigos de la construcción de un templo en el centro de Armenelos9, la bella capital de Númenor. Pero se trata de un templo dedicado al culto de Melkor, el Señor Oscuro, y en el que el propio Sauron hace las veces de sumo sacerdote y es tenido casi por un dios. En ese antro, y con la connivencia de las autoridades Dúnedain, se celebran sacrificios humanos, torturas y todo tipo de atrocidades con las que los desdichados Númenoreanos esperaban que, según les había dicho Sauron, el gran Melkor les otorgaría la inmortalidad.

¡Que ironía! El único caso de culto religioso explícito descrito con profusión en el proyecto de Tolkien es el “melkorismo”, lo que traducido a términos de nuestro mundo de hoy sería equivalente al satanismo. La codicia, la ira, la envidia y la impaciencia hacen presa en el corazón de los hombres y su mundo cambia. Atendamos al aspecto social de estos cambios que preceden al apocalipsis de la sociedad satánica a la que ha “evolucionado” Númenor. Sauron representa el papel de anticristo y es jefe del Ejecutivo, primer ministro del gabinete del rey. Con Sauron al mando, aprendemos que:

No obstante, les pareció a los Númenoreanos durante mucho tiempo que prosperaban, y si no tenían más felicidad eran al menos más fuertes, y los ricos todavía más ricos. El Silmarillion.

Los ricos de Númenor se hacen mucho más ricos. En lugar de llevar paz y consejos en sus viajes hacia el este, ahora los Dúnedain desarrollan una industria para la guerra y atemorizan y roban a los hombres de la Tierra Media, los esclavizan, e incluso a muchos de ellos los sacrifican en los altares melkorianos. Donde antes proyectaban amor y generosidad, ahora llevan el terror y la agresión10. Pero de la inmortalidad prometida por Sauron… ni una palabra. Ni Sauron, ni Melkor pueden crear nada. No pueden otorgar la vida, ni tampoco la inmortalidad, mas que de una forma engañosa y fantasmal como les pasa a los infelices Nazgûl, ¡un camelo! Númenor no ha podido caer más bajo y el hombre, criatura predilecta de Ilúvatar, ha demostrado hasta dónde lo puede llevar el libre albedrío. Solo el linaje de Elendil, del que descenderá Aragorn, escapará a esta mácula y abandonará Númenor sin haber tomado parte en tamaña malignidad.

Ilustración alegórica a las novelas de Tolkien
Torre de vigilancia incógnita del reino de Gondolin

La ley natural en la Tierra Media

Lo que Melkor, Ar-Pharazôn y Sauron tienen en común es su ansia ilimitada de poder sobre los demás. Con ese poder no piensan simplemente “gobernar”, en el sentido estricto del término, es decir, ordenar la convivencia con un criterio de justicia, sino que su maldad, cimentada, como veremos después, en un desequilibrio mental, ha elaborado una estrategia que excluye todo lo que no sea la posesión completa de todo y de todos y su manejo y gestión a través del miedo: amedrentamiento, asesinato, tortura, robo, y esclavitud para todo bicho viviente. No hay términos medios.

Frente al deseo omnímodo de, en palabras del propio Tolkien, ser Rey del Mundo que sienten estos tres cenutrios, frente al afán de imponer la tiranía a todos desde fuera a base de asustarlos, robarles sus posesiones y esclavizarlos, los seres libres de la Tierra Media se caracterizan por un fuerte deseo de autogobierno, sin meterse en los asuntos propios de los demás. Los enanos en sus cuevas, los elfos en sus bosques, los hobbits en su comarca, Beorn en su finca, Tom Bombadil en su Bosque Viejo, los Rohirrim en sus praderas y las águilas en sus reinos nubosos: todos ellos tienen claro que defenderán sus posesiones hasta la muerte, y que el gobierno que quieren no es el que un psicópata egoísta les imponga desde fuera, sino el que ellos mismos libremente elijan. Esto es aplicable también al autogobierno a nivel personal. La autoridad de los líderes del bando bueno viene del consentimiento consciente, y sin la presión del miedo.

Theoden y Aragorn no son reyes tiranos. Son la figura que aglutina la idea de las libertades de los individuos a los que representan y del gobierno que cada persona ejerce sobre sí misma. Cuando los Rohirrim chocan su espada con la de su rey, Theoden, antes de encontrarse con la muerte en los campos de Pellenor11, saben muy bien lo que se juegan. Ninguno de ellos está dispuesto a vivir en un mundo gobernado por Sauron, un mundo en el que no tendrían su libertad de jinetes y en el que el Gran Tirano les robaría sus posesiones. Es mucho mejor la muerte. Yo soy de la opinión de que esto refleja esa cuasi anarquía a la que Tolkien pareció haber evolucionado en sus años maduros desde su tradicionalismo inicial.

¿Hay anarquía en las fuerzas del bien? Sí, pero es una anarquía gloriosa, que implica, no la falta de gobierno, o sea la falta de “arquía” pues cada uno se autogobierna hasta el punto de estar dispuesto a dejarse la vida en defensa de su libertad, sino la ausencia de “arcones”, de súper líderes exteriores que impongan por la fuerza o el miedo sus métodos o estrategias. En toda la saga de novelas no vemos ni una sola vez a estos reyes simbólicos promulgar leyes, juzgar casos o imponer castigos. Los vemos como hombres sabios, curanderos y cuidadosos de su gente y de su entorno. Se conducen por el amor, no por el miedo. Son ejemplos de conciencia. La propia forma en la que se luchan las batallas ya es significativa de este aspecto anárquico en lo exterior, pero ordenado al extremo en lo interior: todos por el mismo objetivo, cada uno con su método. Todos tienen claro que antes que perder la libertad, es mejor perder la vida. Con esta convicción bien arraigada en sus corazones, todos encuentran coraje a raudales para enfrentar al formidable enemigo.

Amor o miedo: hay que elegir

Los pueblos libres de la Tierra Media se distinguen de los esclavos de Melkor, o de Saruon, en su amor por la libertad. Pero también se distinguen por su enfoque a la hora de integrarse con el mundo que los rodea, por esa tierra de la que están hechos y que un día recibirá amorosamente los restos de sus huesos. Mientras que los malvados desarrollan industrias que arrasan el mundo natural para conseguir mayor poder guerrero, que a la postre siempre es usado para oprimir, robar y esclavizar, es decir, para “gobernar” a los otros, los seres libres se integran armónicamente con la naturaleza porque saben que se sustentan en ella. No abusan de ella, solo toman lo que necesitan. No la arrasan, la cuidan como a un jardín precioso. Ese amor que los seres libres demuestran por el mundo natural incluye, por supuesto, al resto de los seres vivos. Gollum es odioso, y varias veces a lo largo de los diversos relatos, aparecen personajes que se lamentan y expresan su deseo de que Bilbo en su día, o Frodo en el suyo, hubieran matado a la criatura cuando tuvieron ocasión. No se puede dudar del coraje de Bilbo y de Frodo. Se defienden espada en mano si sus vidas son amenazadas, pero sus corazones no están apagados, ni cegados por la envidia, la ira, la impaciencia o la codicia. Sienten y empatizan con los sentimientos del otro. Frodo llega incluso a compadecerse de la angustia de los Nazgûl, condenados a una perpetuidad fantasmal al servicio del amo, a esa inmortalidad de cartón-piedra que otorga el trolero Sauron. Tío y sobrino saben que incluso Gollum merece compasión. Esa compasión es amor, y eso es lo que permite que el anillo sea destruido a la postre. Como bien sentencia Gandalf en respuesta a uno de esos lamentos:

La compasión12 de Frodo puede marcar el destino de muchos. El señor de los anillos.

Por tanto, el amor que los seres libres proyectan hacia el mundo que les rodea es lo que salva a ese mundo de convertirse en un infierno gobernado por un psicópata a través del miedo. Así es como Ilúvatar quiso que fuera su criatura predilecta. Le dio el libre albedrío. Le dio la oportunidad de conducirse ora por la ley del miedo, ora por la ley del amor. No hay más misterio en la Ley Natural que impera en Arda. Si el hombre ama radicalmente su libertad, optará por el amor, pues sabe que sus días están contados y que las promesas de inmortalidad de Sauron son un cuento, cuando no una pesadilla de servidumbre espectral. Si decide que está bien ser un esclavo, si admite que Sauron es superior y merece ser el dueño de todo, si se conforma con ser horrendo orco en lugar de bello elfo, o cruel troll en lugar de libre Ent, o asqueroso trasgo en lugar de decente enano, entonces optará por el miedo y se conformará con el rancho cuartelero de las cantinas orcas de Barad-Dûr y con que la mala suerte del próximo sacrificio humano en el templo satánico de turno no apunte hacia él.

El Silmarillion, El hobbit y El señor de los anillos no nos narran únicamente la batalla del bien contra el mal, sino que nos describen en términos perfectamente claros, con ideas sencillas, huyendo de catecismos, éticas y teologías, lo que es realmente la esencia del mal y del bien, lo que es la Ley Natural para el conjunto de seres conscientes que habita la Tierra Media. Se podría enunciar según un planteamiento de mínimos, pero intentaré hacer uno más genérico, que es el que expresan los dos siguientes párrafos.

El mundo será bueno, en general, mientras esté poblado por una mayoría de criaturas libres que proyecten amor, que estén dispuestos a defender su libertad con la vida y que no permitan la acumulación de un poder desmedido en una sola mano. Este mundo estará ordenado, pero no porque se le impongan leyes desde el exterior13, sino porque es el agregado de unos individuos que ya está ordenados internamente, que son libres, que se conocen y se aman a sí mismos. Un mundo de seres con soberanía interna no necesita un soberano externo, un rey-gobernador-legislador-juez. Tolerará su existencia mientras sea una figura que se limite a representar esa libertad de todos y cada uno.

El mundo será malo, en general, cuando esté poblado por una mayoría que tolere la toma del poder por parte de individuos psicópatas y sociópatas que, convencidos de que su calidad personal es mejor que la del resto, de que su ego es más grande que el del resto, se crean con derecho a apropiarse de todo a través del miedo, a gobernarlo todo, a juzgarlo todo y a convertirse ellos mismos en dioses. Este mundo estará desordenado y lleno de individuos asustados, confusos e ignorantes, es decir, de esclavos. Un mundo de esclavos no se puede sostener sin amos. Un mundo de esclavos sí necesita un capo, un padrino, un rey con mando en plaza y con el poder para disponer de la vida y la muerte de cada uno.

Ilustración alegórica a las novelas de Tolkien
Meneltarma, culto a Ilúvatar en una plaza abierta con leves signos de urbanización

Maldad y desequilibrio mental

El mal de Melkor, el de Sauron y el de Ar-Pharazôn se pueden describir de forma diferente, sobre todo si atendemos a los detalles particulares de las ignominias que perpetra cada uno en el relato. Pero curiosamente los tres casos presentan una gran coincidencia en el diagnóstico de salud mental de los malvados: psicopatía y sociopatía. Se han convertido en individuos para los que los demás, y el mundo a su alrededor, son meros adornos de su propio ego. Mentirán, disimularán, robarán, matarán, torturarán y no dejarán que la más mínima brizna de libertad se escape a su control. Melkor y Sauron, además, son psicópatas de tipo primario, capaces de fingir14 adaptación al entorno en la medida en la que más tarde puedan sacar provecho de ello. Por eso Melkor vuelve dócilmente a Valinor tras su primera derrota y aprovecha la cercanía para emponzoñar la mente de Fëanor. Por eso Sauron también finge haberse vuelto bueno tras el desastre de Utumno y luego rinde pleitesía al rey de Númenor para convertirse en su consejero. Respecto al desdichado Ar-Pharazôn, se puede pensar que al ser un simple humano, por muy Númenoreano que sea, puede tener alguna tara a la que achacar su desequilibrio, ya sea genética, como la falta de desarrollo de neuronas espejo, o educacional, como la desgracia de haber crecido en una familia desestructurada. Pero respecto a Sauron, y especialmente respecto a Melkor, que son seres espirituales, nada menos que Ainur creados por el propio Ilúvatar como vástagos de su pensamiento, resulta difícil encontrar alguna explicación tranquilizadora a su patente psicopatía.

El hombre prolonga la obra creadora

Cuando uno se esfuerza, en fin, por entender a Tolkien, y en particular por entender como encajan los aspectos morales de su obra literaria con su honda religiosidad, uno se encuentra cosas buenas y malas, explicables e inexplicables, esperables y sorprendentes. La metaliteratura y los estudios sobre su obra abundan en hipótesis que abarcan todo el espectro posible, desde los que ven una demostración palpable de su catolicismo, hasta los que vislumbran un protoateismo, pasando por los que dicen que se trata de la gran novela gnóstica del siglo XX.

No hay manera de librar a Dios de la responsabilidad del mal en el mundo físico, puesto que el agente que lo introduce no es otro que el vástago predilecto de su propio pensamiento. Tolkien no presenta batalla en este sentido. Pero esto no significa que Dios sea malo, sino que para estar dotada de un dinamismo que la haga digna de vivirse, para no ser solo la copia material de un aburrido cielo espiritual en el que no es posible experimentar nada, su Creación física necesita ese contrapunto, esa amplitud de espectro, esa polaridad. Por eso su criatura predilecta, el hombre, está dotado de conciencia, es decir, sabe distinguir el bien del mal, y también está dotado de libre albedrío, o sea, de la libertad de elegir entre los polos de esa escala.

Y precisamente al verse obligado a optar entre el bien y el mal, entre la luz y la oscuridad, entre la esclavitud y la libertad, el hombre continua, en cierto modo, esa obra creadora comenzada por Ilúvatar y de resultado final incierto. De la acción del hombre, no de la de Ilúvatar, que ya se ha jubilado en los Abismos del Tiempo, dependerá que el resultado final de la Creación en Arda sea la armonía o el caos.

Etiquetas aparte, católico o gnóstico, anarquista o tradicionalista, el proyecto Tolkieniano respira un trasfondo moral inequívoco que apunta a que, en su libre albedrío, el ser humano tiene esas dos opciones de conducirse en el mundo. La primera es el amor, que traerá el orden, el gobierno interno de uno mismo, la libertad y el cuidado por el mundo natural. La segunda es el miedo, que traerá el caos, la imposición de un gobierno piscopático desde fuera, la esclavitud y la destrucción del mundo natural.

Bibliografía

1984. Tolkien, J.R.R. El Silmarillion. Minotauro. Barcelona.

1978. Tolkien, J.R.R. The Lord of The Rings. Unwin Paperbacks. London.

1985. Tolkien, J.R.R. El hobbit. Minotauro. Barcelona

2004. Castagno, Paola, Pedrazo, Jesús y Villa, Juan M. J.R.R. Tolkien Preguntas frecuentes y no tan frecuentes. Minotauro. Barcelona

2010. Bassham, Gregory y Bronson, Eric. El señor de los anillos y la filosofía. Planeta. Barcelona

1999. Shippey, Tom. El camino a la Tierra Media. Minotauro. Barcelona.

1983. Orwell, George. 1984. Destino. Barcelona

1966. Tolkien, J.R.R. The Tolkien Reader. The Adventures of Tom Bombadill. Tree and Leaf. The Homecoming of Beorhtnoth Beorhthelm’s Son. Farmer Gilles of Ham. Ballantine Books, Inc. New York.

Notas

1La muerte, en sentido tolkieniano, puede ser vista como una libertad respecto a la obligación que tienen los Elfos de permanecer en la Tierra hasta el fin de los tiempos. Si la muerte tiene algún aspecto macabro, es porque Melkor ha hecho que se confunda con las tinieblas, y que la esperanza se transforme en miedo a la aniquilación definitiva. Pero varias cosas apuntan a que esa no era la intención original de Ilúvatar, entre ellas, el destino de Eärendil.

2Además de catolicismo, o ateísmo encubierto, o platonismo, o gnosticismo, otra de las típicas catalogaciones del fondo moral de la obra de Tolkien es la de maniqueismo, en el sentido habitualmente peyorativo con el que hoy se entiende este término.

3Mos, moris: costumbre o norma.

4Y quizás algo torpe, travieso o , en sentido gnóstico puro, directamente malintencionado, es decir, el mundo material es una prisión para las almas.

5Deberíamos preguntarle a Agustín y a Tomás: dado que Dios es, en última instancia, responsable de la creación del hombre dotado de libre albedrío, y dado que la serpiente fue también una obra suya que bien pronto tomó el camino equivocado: ¿cómo se puede librar a Dios de la responsabilidad por la presencia del mal?

6Elfos y hombres.

7La gente suele dar por sentado que alguna clase de gobierno siempre es necesario para que un grupo humano organice su convivencia. No quiero exagerar, pero seguro que la mayoría estaría dispuesta a tolerar un mal gobierno antes que una anarquía.

8¡Dios! Que boen vasallo, si oviesse boen senyor. Cantar del Mío Cid.

9Es inevitable notar el contraste entre el emplazamiento del culto al bien, en ambiente rural, o natural, y el culto al mal, en ambiente urbano.

10Los paralelismos del declive económico de los Númenoreanos bajo el gobierno de Sauron y su transformación en una sociedad de guerra, abuso y rapiña tienen parecidos intranquilizandores con algunos aspectos de nuestra sociedad actual, especialmente en épocas de crisis financieras.

11Bella imagen de la versión para cine de El retorno del rey, dirigida en 2003 por Peter Jackson.

12Insisto: esa compasión es amor.

13Si los Valar han intentado forzar a los elfos o a los hombres a hacer algo, cuando ellos no tenían guía, rara vez ha resultado nada bueno, por buena que fuera la intención. Quenta Silmarillion. Del principio de los días.

14De Melkor sabemos que cuando bajó a la Tierra por primera vez, lo hizo fingiendo, incluso ante sí mismo, que venía con buenas intenciones. No se descarta, por tanto, un trastorno de la personalidad más profundo en este patético vástago de Ilúvatar, como por ejemplo: el trastorno bipolar, o el de la personalidad múltiple.

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