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Doctor de la Puebla: embajador español en Londres 1494-1501

El interés por la figura del doctor de la Puebla

A raíz de mis intentos de asalto a la cifra del documento Sirtori y de mis investigaciones sobre la criptografía en la España de entre los siglos XV y XVII, me topé con algunas referencias a un tal Rodrigo González de la Puebla, a veces referido como el doctor Puebla. Aparte de la información de una WIKI en alemán,1 que parece generada por un bot, he llegado a la convicción de que de la Puebla es uno de esos hombres que, aunque llegaron a desempeñar por sí mismos un papel de cierta importancia en un momento dado, han quedado sumidos en la oscuridad de la historia. Por eso me pareció un personaje que, dados los medios que hoy nos brinda el acceso a fondos digitalizados de muchas bibliotecas y notas a través de internet, merecía un intento de rescate del olvido, aunque sea a manos de un aficionado como yo. No puedo decir que mi éxito haya sido rotundo. No he podido averiguar dónde nació el doctor de la Puebla, ni escudriñar en su infancia o juventud. Pero sí creo que he reunido el material suficiente para pintar un cuadro de su vida profesional adulta que le permita relumbrar un poco más en esa historia a la que, quizás de forma involuntaria y algo reticente, contribuyó en cierta medida con sus extravagantes trabajos diplomáticos. He aquí, pues, el resultado de mis pesquisas sobre la vida y milagros del doctor Puebla.

Doctor en leyes, corregidor y oidor

Dice la citada WIKI alemana que Rodrigo González de la Puebla debió de nacer alrededor del año 1450, hijo de un tal Juan González de la Puebla. Pero basándome en el relato del historiador Luis Suárez Fernández, que dice que de la Puebla ya era viejo y gotoso en 1500, yo diría que debió nacer al menos diez o quince años antes. Rodrigo estudió leyes y alcanzó el grado de doctor. Comenzó su vida profesional desempeñado algunos cargos en corregidurías como la de Écija. Por la Revista de hidalguía,2 sabemos también que un tal Rodrigo González de la Puebla, que es seguramente el nuestro, puesto que luego llegó a ser embajador en Inglaterra, fue nombrado oidor de la Orden de Santiago en 1477, solo un año después de que el propio rey Fernando se convirtiera en Gran Maestre de la misma orden. Esto nos puede indicar que, o bien el doctor de la Puebla ya era conocido del rey con anterioridad, o bien entabló conocimiento con él a través de este puesto, que Puebla quizás pudo conseguir por mediación de conocidos que intercedieron por él ante el monarca. El caso es que Rodrigo González de la Puebla fue oidor de la orden caballeresca, es decir juez de las disputas entre partes dentro de esa institución, pero eso no significa que él mismo fuera caballero, pues el pobre doctor Puebla no reunía las condiciones de hidalguía recalcitrante y pureza de sangre hasta la enésima abuela, requeridas para enjaretarse el jubón adornado con la cruz roja, la misma cruz que figura en el pecho del retrato más famoso de Quevedo y la misma cruz cuya silueta ahora vemos en lo alto de las tartas de almendra, o tartas de Santiago, que todo hay que decirlo.

Diplomático en Navarra e Inglaterra

Aunque hay referencias que apuntan a que el rey Fernando de Aragón ya lo tenía destacado como diplomático en el conflicto de Navarra, pues se sabe que en 1485 actuó como mediador por correspondencia entre el conde de Lerín (que era partidario de la anexión) y Enrique VII de Inglaterra, lo cierto es que en 1487 de la Puebla fue enviado a Inglaterra para proponer una alianza matrimonial entre infantes de ambos reinos, el asunto que tanto obsesionaba a Fernando de Aragón porque creía que la solución a la ambición y el poderío de la gran Francia era la alianza de España con Inglaterra (aunque el motivo no declarado de su también ambiciosa política era conseguir para España la supremacía sobre los territorios italianos). También sabemos que de la Puebla acompañó de vuelta a la delegación inglesa que, dos años más tarde, envió Enrique VII de visita a España para concretar esa propuesta en el futuro matrimonio de su hijo Arturo con la infanta Catalina, por entonces una niñita de solo 3 años de edad que se había criado correteando por la Alhambra. Parece que el rey inglés había llegado a la misma conclusión que Fernando: el matrimonio era bueno para los intereses comerciales de ambos reinos, y compensaba el poder galo (aunque el motivo no declarado de su política era que Catalina aportaba a la arribista familia Tudor el pedigrí real que le faltaba). La visita de los enviados ingleses se cerró con unos acuerdos prenupciales que se firmaron en Medina del Campo aquel mismo año 1489.3

Collage figurativo Londres medieval castillo de Richmond
El doctor de la Puebla llega a duras penas al castillo de Richmond, donde el rey inglés Enrique VII lo va a recibir en audiencia

De vuelta en España, de la Puebla se debió de reincorporar transitoriamente a sus tareas diplomáticas en el reino de Navarra, pues el historiador Luis Suárez Fernández relata4 que actuó desde Pamplona como «extravagante diplomático cuando acababa de regresar de su primera misión en Londres, con gran éxito». Pero en 1494, Fernando de Aragón decidió dar un impulso definitivo a su política de alianzas exteriores con Inglaterra y, con credenciales conjuntas de la monarquía española, del papa y del emperador germano, de la Puebla fue enviado de vuelta a Londres, junto a Juan de Sepúlveda, y quizás también junto a Diego de Guevara, con instrucciones para continuar con las negociaciones de los detalles del matrimonio entre infantes, incluido el espinoso punto de la dote de la novia. De la Puebla consiguió que se acordaran verbalmente los desposorios del príncipe Arturo con la princesita Catalina de Aragón, representando él mismo a la novia por los poderes que le habían concedido los despachos oportunamente enviados por Fernando e Isabel. En cuanto a los términos económicos de la negociación de la dote, parece que el buen doctor no estuvo muy fino, y como Fernando e Isabel le habían dicho que consiguiera el acuerdo «a cualquier precio», de la Puebla se comprometió a pagar una dote de 200.000 escudos de oro, la mitad a entregar a la llegada de la infanta, la otra mitad al concluir la ceremonia definitiva. Todavía en 1500 se desarrolló una nueva confirmación del matrimonio por poderes en la que de la Puebla, representado otra vez a Catalina, realizó la simbólica ceremonia de introducción del pie bajo las mantas de la cama.

Judío converso, achacoso y liante

Sus críticos lo acusan de practicar una diplomacia poco ortodoxa o, en palabras de Luis Suárez Fernández, extravagante, o sea salpicada de embrollos e indiscreciones. Algunos lo han tachado directamente de traidor y vendido al rey inglés; otros han dicho de él que solo fue un pillo que servía a otros dos pillos más grandes: Enrique de Inglaterra y Fernando de Aragón. Su mayor éxito diplomático ocurrió en 1500, justo antes de que Enrique VII partiera a reunirse en Calais con el francófilo irredento Felipe el Hermoso. Puebla averiguó las dobles intenciones del taimado Habsburgo que, en contra de los intereses de las coronas de Castilla y Aragón, pretendía que en lugar de su cuñada Catalina, fuera su propia hermana Margarita de Austria, viuda del difunto príncipe español Juan, la que se casara con el príncipe Arturo de Inglaterra, y que su hijo Carlos, futuro Carlos I de España, quedase comprometido ya en matrimonio con una infanta francesa.

Suárez Fernández dice que en 1500, de la Puebla era ya un hombre de edad avanzada, viudo, quizás con cojera causada por la gota, descendiente de judíos conversos, y receloso de volver a las Españas, donde su hija había sido detenida en Sevilla por sospechas de judaizante. Parece que de la Puebla no cobraba casi nunca del tacaño Fernando de Aragón su sueldo de 4 ducados al día, y que esto lo forzaba a buscarse el sustento en Londres de formas poco ortodoxas, como la representación legal de los comerciantes españoles en Inglaterra, por la que luego pedía honorarios exorbitantes. La debida lealtad a los reyes católicos lo obligó a rechazar dos atractivas vías de ingresos fijos que le ofreció Enrique VII: un obispado en 1497 y el matrimonio con una rica viuda inglesa en 1500. Puebla vivía en Londres con su hijo, que lo asistía en sus tareas diplomáticas cuando la gota le impedía moverse, y al que, a la muerte del doctor, el rey de Inglaterra otorgó una renta de 1000 coronas anuales, se supone que por los buenos servicios prestados por su padre. Con todo esto, sus ingresos en Londres no le daban más que para alojarse en una casa de dudosa reputación del barrio del Strand, que regentaba un albañil y de cuyo magro rancho de la Puebla tenía que cenar cuando el rey no lo invitaba a su opulenta mesa del castillo de Richmond. Las malas lenguas dicen que el albañil casero robaba lo que podía a los otros huéspedes y que de la Puebla usaba su influencia ante el rey para protegerlo a cambio de una tarifa de alojamiento súper reducida de 2 peniques al día.

Catalina de Aragón: «No es un verdadero embajador»

La princesa Catalina de Aragón llegó por fin a Inglaterra en 1501 y se casó con Arturo a finales de año. Pero el muchacho era muy débil de salud y murió al cabo de unos meses, dejando a la joven española en una especie de limbo de racanería realesca: por un lado el rey inglés no quería dejarla volver a España hasta cobrar íntegramente la dote, por otro sus padres tampoco la querían de vuelta pues eso habría entorpecido su política de alianzas internacionales. El resultado fue que hasta que se consumó su matrimonio con Enrique VIII, la pobre Catalina pasó casi ocho años muy duros en Inglaterra, sometida a la agarrada hospitalidad del primer Tudor (El embajador en Escocia y residente por temporadas en Londres, Pedro de Ayala, dijo de él: «moneda de oro que en sus cofres entra, no sale jamás»). En esos años Catalina se tuvo que relacionar a menudo con de la Puebla, pero parece que la joven princesa no simpatizó mucho con el viejo diplomático. En una carta fechada a finales de 1502, siendo ya viuda de Arturo, lo acusa de ser el causante de las muchas estrecheces que pasó en las islas y de no ser «un verdadero embajador». La exactitud de estas quejas de Catalina tendría que contrastarse con la realidad de la situación del doctor de la Puebla, con sus disputas con el embajador visitante, Pedro de Ayala, y con los manejos de su dama de compañía o dueña, doña Elvira Manuel, que junto a su hermano, residente en Flandes, hacía también sus propios pinitos de política internacional. Pero finalmente los reyes católicos, algo escamados por estas informaciones y por las habladurías que llegaban de las actividades paralelas con las que Puebla se sustentaba en Londres, montaron en cólera al recibir su sugerencia de nuevo matrimonio de Catalina con el viejo rey Enrique VII. Inmediatamente mandaron a un nuevo embajador, Ferrán Duque de Estrada, y además de darle instrucciones para la renegociación de la posición de Catalina, le ordenaron que retuviera al viejo de la Puebla en Londres, si lo consideraba útil o que lo devolviese a la península en caso contrario.

El tranquilo final del doctor de la Puebla

Muerta ya la reina Isabel de Castilla en 1504, su viudo Fernando reaccionó a las insistentes quejas de la pobre Catalina enviando a otro nuevo embajador especial, alguien que era más de su confianza: Gutierre Gómez de Fuensalida, su embajador en Flandes, al que en la serie de televisión española titulada Isabel dio vida el actor Fernando Guillén Cuervo. Parece que esta costumbre de enredar haciendo que varios embajadores se hicieran sombra y competencia mutua era muy del gusto del Rey Católico (el gran Quevedo, más de un siglo después, justificaba esta doble vigilancia por el carácter mentiroso, avaro y vengativo del doctor de la Puebla). Y lo cierto es que de la Puebla ya debía de estar acostumbrado, pues la había sufrido casi desde el principio: primero con Sepúlveda y Guevara, luego con las visitas del legado en Escocia, Pedro de Ayala, que durante su estancia en Londres, y orgulloso de su pedigrí noble, le afeó continua y públicamente a de la Puebla su origen humilde y su sangre judía, luego con Duque de Estrada y finalmente con Fuensalida, cuyo carácter brusco y falta de mano izquierda puede que la magnífica serie de la televisión española antes citada no haya reflejado bien. Fuensalida llegó a Londres en febrero de 1508 y pronto demostró que no tenía problemas en recurrir a «fanfarronadas y bravatas» en la defensa diplomática de los intereses de su rey Fernando,5 y llegó a ser tan detestado por el monarca inglés que alcanzó un punto en el que solo la intervención de de la Puebla, que le recordó a Fuensalida que ningún embajador le podía tirar de las orejas al rey de Inglaterra, consiguió que fuera recibido en audiencia por Enrique una última vez, antes de la cual, la misma princesa Catalina, que lo había recibido como a su noble defensor le tuvo que pedir al crecido Fuensalida más mesura en sus palabras al soberano. Fue el propio Fuensalida, según relata el historiador estadounidense Garett Mattingly (que en su ya citado libro Catalina de Aragón se refiere a Puebla como «abogado plebeyo»), el que desbarató toda la obra diplomática de Puebla, echó por tierra la relación anglo-española de los años pasados y entregó a Puebla la carta de despido firmada por el rey Fernando en el verano de 1508, tras lo cual:

«Puebla se echó a morir en la cama, lentamente y con hábiles retrasos, como lo había hecho todo».

Según la Wikipedia inglesa, en la entrada correspondiente a Pedro de Ayala, Puebla no llegó a ver la coronación de Enrique VIII, en junio de 1509, por lo que suponemos que la WIKI alemana está también equivocada al fechar su muerte en 1525. Parece que en sus últimos años los ataques de gota se habían acentuado y cuando la gestión diplomática de turno era tan delicada que no la podía delegar en su hijo, Puebla hacía sus visitas a la corte de Richmond mediante traslados en litera.

El criptógrafo de la Puebla

Ya fuera extravagante, contradictorio, vendido o sombrío, Mattingly asegura que la labor de Puebla en Londres, que se prolongó durante 20 años, estableció las bases de la que fue la sede diplomática permanente más importante de la monarquía española durante todo el siglo XVI, descontando Roma, claro está. En aquel tiempo el concepto de embajador permanente era algo relativamente reciente y sus funciones no eran equivalentes a las de un diplomático de hoy. Se trataba más bien de agentes informadores consentidos cuya estancia tolerada en la intimidad de los ambientes palaciegos simbolizaba la alianza entre reinos. Si bien hay que considerar que las labores informativas de estos “enterados consentidos” eran muy complejas. Los caminos eran inseguros, la mar impredecible, el aire ignoto, claro. La comunicación con su rey requería largos periodos de espera, si es que la respuesta no era interceptada o se perdía para siempre, dejando a los embajadores a veces sin una idea clara sobre cómo proceder.

En el caso del doctor de la Puebla, a todo esto había que añadir la rancia tacañería del rey Fernando, que igualando o incluso mejorando la del rey inglés, pagaba mal, tarde o nunca a sus embajadores. Mientras que llegó a pedir a de la Puebla informes diarios de sus actividades, para lo cual el diplomático calculó que le haría falta un equipo de sesenta mensajeros a plena dedicación, la realidad es que el buen doctor solo tenía dos correos a su servicio, a los que simplemente no podía pagar nada, pues ni él mismo cobraba el salario regularmente. En el mejor de los casos, Fuensalida enviaba, cuando podía, a alguno de los seis mensajeros que tenía en Flandes a recoger cartas de Inglaterra antes de «volver a las Españas».

Para paliar los inconvenientes y peligros de la intercepción de mensajes por manos enemigas, los informantes echaban mano del ingenio y recurrían mucho a la aplicación de criptografías imaginativas y farragosas de invención propia. En el archivo de Simancas se encuentra el libro de claves de nuestro doctor de la Puebla, compuesto por una lista nomenclator de 2.400 palabras, incluidos numerales, signos nulos, palabras codificadas y otros galimatías, que formaban una protocifra que pudo divertir a la reina Isabel en algún momento, pero que soliviantaba la paciencia del rey Fernando, que harto ya de dilaciones le había ordenado no usarla: «que nos escriba en lengua común, sin cifra», porque descifrar las cartas de de la Puebla les costaba horrores a los pobres secretarios españoles.

En la abundante correspondencia de Fuensalida6 de entre los años 1505 y 1508, somos testigos de sus tratos y opiniones sobre de la Puebla. Y en el archivo de Simancas,7 además del citado libro de cifras del doctor de la Puebla, se pueden consultar en forma digitalizada también numerosas cartas entre el embajador y los Reyes Católicos, cartas que ya estén cifradas, abreviadas o en claro, nos permiten estudiar las intrigas cortesanas y diplomáticas de aquellos años. Os he dejado los enlaces a ambas documentaciones por si queréis profundizar. También he encontrado recientemente una breve biografía en la web de la Real Academia de la Historia que os enlazo aquí. Yo he querido rematar mi investigación con el estudio detallado de dos de estos documentos que me he descargado del Portal de archivos españoles.

Una carta del doctor Puebla a Fernando de Aragón

La primera carta que analizo es una recomendación del doctor de la Puebla para que un tal Juan Tamayo, un escribano suyo en Londres, fuera admitido como secretario de Catalina de Aragón cuando ésta se convirtiera en princesa de Gales. La carta está escrita en castellano con caracteres de letra cortesana y no está cifrada, aunque sí hay abundancia de abreviaturas y su interpretación paleográfica me ha llevado unas cuantas horas de divertido trabajo. La carta pertenece a una época en la que de la Puebla todavía no había perdido la estima de los reyes católicos, el 20 de agosto de 1501. De la Puebla la escribió ignorando que casi al mismo tiempo Catalina comenzaba su ajetreado viaje prenupcial en barco, que arrancó de La Coruña el 17 de agosto, se demoró 6 semanas en Laredo por culpa del clima y culminó milagrosamente, como casi todas las travesías marítimas de antaño, el 2 de octubre en Plymouth (o Portsmouth, no me queda claro). En misivas anteriores, de la Puebla ya había aconsejado a los católicos monarcas sobre la mejor forma de ir acostumbrando a Catalina al modo de vida de los ingleses. Por ejemplo, recomendaba que la muchacha aprendiera francés, que era el idioma de la corte, porque el latín no lo entendía casi nadie y el inglés era cosa del populacho, y que se acostumbrara a beber vino porque el agua de las tierras británicas no había quien la probara.

Y aquí está el análisis.

Una carta de Enrique VII a Fernando de Aragón

La segunda carta viene de Enrique VII a Fernando el Católico y está escrita en latín, que aunque ya empezaba a entrar en decadencia, todavía conservaba su caché de lengua internacional y diplomática de la época. La tipografía parece anglicana bastarda o quizás alguna variante gótica. Como en la primera carta, en esta abundan también las abreviaturas punteadas o arqueadas y tras varias horas de trabajo y diccionario, y aunque me ha sido imposible identificar algunas palabras que no he tenido más remedio que dejar en blanco y que quedan ahí para el que quiera profundizar, creo que no obstante, el sentido cabal de la misiva se entiende bastante bien. Con el farragoso y prolijo lenguaje de la diplomacia, mareando mucho la perdiz, y dando mil vueltas para entrar por donde había salido, el rey inglés elogia la labor diplomática del buen doctor de la Puebla (uir clarissimus), manifiesta su contento por la confirmación del pago de la dote hecha por el rey Fernando en unas cartas enviadas desde Arévalo, y le desea a Fernando una larga y próspera vida.

Os pongo directamente el archivo que lo contiene todo.

Y termino enlazando aquí un documental que he preparado con materiales grabados en diversos viajes a Londres.

NOTAS:

1 https://de.wikipedia.org/wiki/Rodrigo_Gonz%C3%A1lez_de_la_Puebla

3 Para los que quieran más información sobre ese viaje, pueden buscar en internet con estos términos “Relato de Roger Machado sobre la embajada inglesa a España”

4 FERNANDO EL CATOLICO Y NAVARRA: EL PROCESO DE INCORPORACION DEL REINO A LA CORONA DE ESPAÑA. Luis Suárez Fernández

5 Catalina de Aragón. Garett Mattingly

7 Portal de archivos españoles (Búsqueda avanzada)

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