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Mi hacienda en Ártica

Cuando las cosas empezaron a ponerse verdaderamente mal en las latitudes medias, liquidé todas mis acciones, activos financieros y tierras de labranza en una sola jornada y con el dinero que obtuve compré un islote en Ártica, en la parte de la dorsal Lomonosov que emergió con los movimientos tectónicos de la década de 2040. Sí, sí, ya sé que les sonará raro a los lectores de comienzos del siglo XXI, pero tengan en cuenta que lo que les estoy contando pertenece a las memorias del futuro de mi tataranieto, que me veo obligado a publicar ahora como relato fantástico que he recibido en escritura conducida mediante trance, para cumplir ciertos compromisos con el alojamiento del blog. Consideren, pues, que no soy yo el que escribe, sino mi tataranieto, y que todo lo que les voy a contar está ya escrito con tinta indeleble en los cuadernos del futuro.

Collage mi hacienda en Ártica
Un panorama de mi hacienda en Ártica, con el haiga en primer plano y los viñedos de Valdepeñas al fondo.

El asunto es que a principios del siglo XXII el tema del cambio climático adquirió visos de tragedia. El nivel de los mares se había elevado casi tres metros en algunas zonas, parte por la dilatación del agua de los océanos debida al calorazo y parte porque en Antártica ya no quedaban hielos permanentes. Entre los trópicos ya solo deambulaban cuatro beduinos; en las áridas latitudes medias se circulaba fundamentalmente en camello y desde mediados del siglo XXI la gente se había ido mudando, chino-chano a las regiones por encima del paralelo 60 y por debajo del -60. Groenlandia tenía una población de 550 millones de habitantes y en Antártica hacían su vida más de dos mil millones de almas, un quinto de la población total. El único dato positivo era que la población del planeta se había estabilizado en el período de entre siglos y después de alcanzar los diez mil millones, estaba decreciendo muy lentamente. Ya ven, resultó que tanto los climatólogos como los demógrafos, benditos batablancas, habían acertado en sus predicciones de comienzos de los años 2000. Aún así, todavía quedaban bastantes negacionistas.

Por supuesto, ya habrán adivinado ustedes que cuando las cosas mostraron su punto de no retorno, allá por el año 2055, las grandes potencias se olvidaron de todo lo que habían firmado sobre Antártica, o sobre la Luna, o sobre Marte, esas mandangas políticamente correctas sobre la no explotación y sobre el uso exclusivamente científico, y ocuparon el territorio antártico para seguir haciendo eso que tan bien se le da al ser humano, que es apañarse por ahora arramblando con lo que haya y los que vengan detrás que arreen. En la Luna las cosas estaban aún peor. La más potencia de las potencias había decidido que se quedaba con ella definitivamente por razones de interés nacional y, tras una escaramuza con la menos potencia de las potencias, había militarizado la órbita con defensas atómicas, aprovechando para otorgar múltiples concesiones de explotación mineras a arriesgados empresarios que transportaban los minerales a la Tierra insertándolos en una órbita que los dejaba caer en bolas planetoidales de diámetro tipo campo de fútbol, a velocidad de aerolito sobre el desierto del Sáhara, que de esta forma se había llenado de inmensos cráteres. De Marte mejor no les cuento. Varias expediciones de colonización se habían intentado, pero los colonos vivían en condiciones terribles de aislamiento, enfermedad y malnutrición y morían en breve. Desde 2095 la Estación UNMO (United Nations Mars Origins) del Monte Olimpo permanecía desierta y todo el equipamiento arruinado por el polvo y el frío.

Pero a lo que iba. El asunto en el polo norte no siguió los mismos derroteros. Como allí no había una gran masa de tierra emergida llena de minerales para explotar a tutiplén, ni un gigantesco lago de agua dulce fósil en cantidades industriales para apropiársela y vendérsela al resto del mundo a precio de lujo, sino solo pequeñas islas aisladas a las que solo acudían cuatro focas, dos morsas y algún que otro oso polar(*), resultó que ni las grandes potencias ni sus normalmente asociados y arriesgados grandes empresarios mostraron el más mínimo interés por la zona. De hecho una de esas potencias, necesitada de liquidez, puso a la venta en el mercado inmobiliario todos los islotes de su propiedad a mediados de los años 2070. Y en uno de esos islotes me instalé yo después de pagar una cifra exorbitante en 2105, más que nada por la comisión que se llevó el mamón del intermediario.

Así que ahora, aquí se está bien, en Ártica, que es como una comisión de lumbreras de la ONU dio en llamar a la zona por encima del paralelo 75. Me traje el viejo haiga(**) del tatarabuelo y lo tuneé para aguantar los todavía tremendos inviernos autóctonos. Me instalé en el palacete de la familia noble que era la antigua propietaria. La calefacción es por frotamiento previo y acumulación subsiguiente de mantas, preferiblemente de aquellas de aparejar borricos que, en mi experiencia, son las que mejor van para este clima. Para recorrer los poco más de siete kilómetros de perímetro de mi isla, sobra con el Haiga. Me traje unas cepas de Valdepeñas que agarraron bien en este terreno. Cuando pongo el anuncio de la vendimia en internet, acude eche usté gente de muchos sitios. Por cierto, en el anuncio pone bien claro que se paga a destajo y en doblones de oro de nuestros inigualables Reyes Católicos (***), pero todos los años hay algún espabilao que acude y se empeña en negociar un jornal en l’euros y como les digo que no, se ponen farrucos con que les pague el viaje de vuelta. Al final siempre tienen que coger algunos capachos para pagárselo ellos con los cuatro doblones que cuesta un viaje compartido en esa especie de helicodrones rusos de marca Neo-lada. En fin, la uva esta da un vino blanco cosa fina, si se bebe a seis grados o menos, que embotello localmente y que luego vendo a precio de oro. En las latitudes medias y en Antártica cero que solo se encuentra en departamentos del gurmé de cortesingleses, galeriaspreciadoses y sitios así. No lo puedo asegurar porque hace ya muchos años que no salgo de viaje, más que nada por el tema de la piratería marítima. Pero si tienen oportunidad de probarlo, no la desaprovechen (****).

(*) El oso polar, científicamente conocido como ursus maritimus, se había declarado extinguido definitivamente en 2068, pero yo juro por Esnupi que he visto ejemplares vivos en mis excursiones por el mar helado en invierno. Se han vuelto huidizos y ermitaños y en cuanto huelen a un humano a kilómetros de distancia echan a correr o a nadar en dirección contraria como si les fuera, como de hecho les va, la vida en ello.

(**) Ahora ya sé que debo conservar mi destartalado haiga para que atraviese hasta ocho generaciones y llegue a tus tuneadoras manos, querido tataranieto, para vivir su segunda juventud en esas latitudes tan norteñas.

(***) Después de las grandes crisis del dólar (2048), del euro (2052), del fracaso del Bit-Coin y del colapso del resto de monedas tradicionales, el mundo decidió acogerse a la que hubiera sido la moneda más estable de la historia, en términos relativos de volumen de transacciones por tiempo y por variedad de reinos adheridos. Para pasmo universal, el secretario del ayuntamiento de un pueblo de Teruel, demostró que esa moneda, con enorme diferencia sobre la segunda, era el doblón de oro de los Reyes Católicos, o piastra.

(***) Lo siento pero la marca del vino no me llegó en el proceso de escritura canalizada del trance.

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