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El tiempo y la divinidad

Mano divina que aporta luz al mundo
¿Hay una mano divina que aporta luz al mundo?

Afán por dominar el tiempo

En nuestro afán por dominar el tiempo llevamos agendas y planes, ponemos despertadores, apuramos la tele por las noches y alargamos los puentes más allá de lo razonable. La cosa es que al tiempo no hay quién lo pare, y que conforme se van acumulando canas y rigideces uno se pregunta: ¿quién domina a quién en esta mátrix de la materia?

El hombre moderno se ha alejado de la experiencia mística y ha entregado su confianza y su creencia, que antes conformaban la fe, al indiscutible y descomunal desarrollo técnico. Pero en ese proceso el hombre no se ha parado a pensar si su «ser», y digo «ser» por no usar el controvertido vocablo «alma», no se estaba construyendo una prisión de artificios que lo desconectan de su esencia.

Ser y tiempo

Me pongo heideggeriano. El hombre moderno desconfía de la existencia de lo divino, y aparentemente tiene buenas razones para ello. La ciencia y solo la ciencia aporta las certidumbres que mantienen el complejo aparato del mundo en marcha y esas certidumbres se concretan siempre en forma material en nuestro exterior. Los testimonios de milagros son pintorescos y seguramente algunos se podrán atribuir a la casualidad o a la estadística, pero aparte de estas extravagancias no hay pruebas de existencia de alguna divinidad por ninguna parte. Esos que pretenden tener certidumbres interiores bien pueden estar sufriendo esquizofrenia, por lo que en lugar de seguir sus pasos más le vale al hombre de hoy mandarlos al psiquiatra.

Pero, ¡cuidado! En su viaje a lomos de la civilización tecnificada para la que solo existe el mundo material, o sea el mundo de los objetos, es posible que el hombre esté corriendo el riesgo de llegar a pensar que él mismo no es más que otro objeto más de ese mundo que siempre es «exterior», si acaso técnicamente más sofisticado. No está demás, entonces, recordar tres o cuatro cosas básicas en el plano científico y una o dos en el lógico.

Plano científico

  • No tenemos ni la más remota idea de lo que es el espacio, ni de lo que es el tiempo. No sabemos si son continuos o discretos, si tuvieron principio y si tendrán fin. Sabemos tan poco del marco que alberga nuestra existencia física, como el pez de los abismos sabe de las capas altas de la atmósfera.

  • No tenemos ni la más remota idea de lo que es la materia o la energía, ni pajolera idea. Cuanto más hondo exploramos más vacío parece estar todo. Las partículas no son «partículas» sino que más bien parecen probabilidades de números flotando en la nada. Las fuerzas actúan a distancia, pero no son nada material, sino que parecen leyes matemáticas escritas en el vacío.

  • La ciencia puede ayudarnos a vivir más y mejor, sí, a viajar a la Luna, sí, pero no nos puede dar ni la más mínima pista sobre la razón por la que estamos aquí. La simple intuición ya llega mucho más lejos que cualquier laboratorio de física avanzada cuando nos hace sospechar que estamos aquí para sentir, y preferiblemente para sentir felicidad y dicha, y sin embargo la ciencia no puede ofrecernos ni el mas mínimo criterio general sobre cómo orientar nuestra vida para lograr la felicidad.

Plano lógico

En principio, uno podría objetar que si se propone a Dios como algo superior al mundo de la materia y la energía, entonces no tiene fuste pensar que con sentidos o aparatos construidos con materia y energía se le va a poder detectar. Pero es que un materialista ni siquiera admitirá que Dios no sea, al menos, alguna clase de energía, ya que en concepción materialista, todo lo que existe, existe porque o bien es materia, o bien es energía. Y todo esto el materialista lo dirá aun sabiendo ya, como sabemos hoy, que la ciencia postula la existencia de ciertos componentes OSCUROS sin los cuales el cosmos no podría sostenerse: la energía oscura y la materia oscura. Y lo mejor que podemos decir de estos componentes es que no son nada de lo que sabemos que existe. Se deduce que deben de estar ahí y se postulan totalmente a ciegas y SIN EVIDENCIAS, lo cual dicho así suena mucho peor que admitir que pueda exisistir algo que llamamos LO QUE NO ES.

Pero olvidemos los componentes oscuros. Para dejar clara la objeción a la existencia de Dios del materialista, o digamos, del racionalista que llega lógicamente a la conclusión del ateísmo, no se me ocurre nada mejor que una viñeta que el gran Ivá, DEP, publicó en sus Historias de la puta mili, cuando en una discusión sobre teología, un recluta pelón de reemplazo le dice al padre Loyola, capellan del cuartel:

«Si siste Dió, que me mande un rayo segadó que me deje siego aquí mim-mo»

O sea, si existe (es decir, si es materia o energía) una divinidad de la que además somos criaturas predilectas, entonces el recluta pelón lo desafía a que se manifieste de alguna manera, o si no, él no se lo cree, porque es muy racional y porque eso de la fe bien puede ser una fantasía o una locura, que los manicomios bien llenos están de majaras. Y en cualquier caso, el recluta pelón se niega a reconocer su existencia por el simple hecho de que otros le digan que existe, aunque se trate de alguna «otoridá» con tanta «esperiencia» como el padre Loyola, que lleva treinta y cinco años de capellán castrense desenbrutenciendo reclutones en el CIR.

¿Y si Dios es TODO?

Y sin embargo… Y sin embargo ese enfoque sobre Dios, tipo súper heroe creador que está en el exterior y hace milagros a algunos y a otros no, es completamente reduccionista. Es suficiente con pensar en Dios como el TODO, incluyendo LO QUE ES y LO QUE NO ES, para que esa demanda de algún acto sobrenatural para creer en Él se vuelva una tontería. Si Dios es realmente TODO, si todo lo que existe es una manifestación de Dios, entonces ¿qué sentido tiene andar pidiendo milagros? Pensemos simplemente que Dios, o sea TODO LO QUE ES Y NO ES pudo, por ejemplo, decidir dividirse en partes para experimentar los extremos entre el BIEN y el MAL, entre la LUZ y la OSCURIDAD, algo que en su mundo de unicidad perfecta podía concebir, pero no podía hacer, y que para eso creó la matriz física y el tiempo, de modo que así los numerosos destellos de energía en los que se dividió interactúan y permiten la EXPERIENCIA de SER. Ese es un Dios-Todo que se está manifestando continuamente en cada átomo, en cada animal, en cada persona, en cada piedra, cada segundo; cada chispa divina nace, cambia, muere, renace, cambia, muere. Llámenlo panteísmo o como quieran, pero algo tan simple como esto, a la vez que da sentido a la actitud mística y a la fe en algo superior (de lo que formamos parte), obvia cualquier necesidad de demostrar la existencia de ningún anciano barbudo con súper poderes que interviene cuando se le reza apropiadamente, o que vigila el cumplimiento de los mandamientos, o que se cabrea y decide provocar un diluvio.

Las religiones desde siempre y la ciencia desde hace poco, nos empujan a someternos a un concepto falaz de la divinidad:

  • O bien Dios es un Supermán con mal genio que toma nota de todo lo que hacemos para leernos el pliego de acusaciones en el juicio final

  • O bien Dios no existe y el mundo material es todo lo que hay

Ambos extremos causan serio perjuicio al potencial disfrute de la experiencia mística de conexión con el TODO que puede suponer nuestra breve existencia en el matriz física.

Tenga en cuenta el materialista que incluso en el ejemplo del cómic de Ivá, Dios debió de actuar de alguna manera, y la demandada prueba de ceguera llegó para el pobre recluta pelón a través del padre Loyola.

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