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El hombre que midió la Tierra

Querido hijo:

El progreso de mi ceguera es ya innegable y me temo que irreversible. Esta mañana me visitó de nuevo Afar, el médico del faraón y tras diagnosticarme una subida de agua a los ojos, me ha prescrito un tratamiento a base de polvos de galena y granito que sobradamente sé que no tendrá efecto alguno. Los médicos egipcios son capaces de curar con éxito las heridas externas y se aplican con maestría en tareas tan delicadas como la trepanación de cráneos, pero los he visto fracasar continuamente al enfrentarse a las enfermedades internas. Cuando se acaba su lista de recetas heredada de la noche de los tiempos y llena de piedras pulverizadas y humores y excrementos de animales, hacen un último intento con la magia antes de desahuciar al paciente. No me cabe la menor duda de que, si no me he muerto antes, dentro de unos días Afar se presentará aquí y empezará a escribir encantamientos en rollitos de papiro.

Te escribo desde Menfis, la antigua capital de la época gloriosa de Egipto, donde el nuevo faraón, Ptolomeo Epífanes, ha querido celebrar su coronación, imitando a los legendarios reyes de antaño. El faraón me ha dado permiso para alojarme en casa de mi viejo amigo, el escriba Hetop, que fue discípulo mío en la biblioteca durante varios años y uno de sus ayudantes ha tenido la amabilidad de tomar al dictado las notas para esta carta, que espero que ya hayas recibido cuando yo me encuentre de regreso en Alejandría, si es que todavía estoy vivo. El bullicio de las celebraciones populares en las calles, con su música, sus bailes y sus piadosas ceremonias religiosas, supera los altos muros y llega en ecos atenuados hasta las frescas estancias y los sombreados patios de esta magnífica mansión.

Imagen figurada sobre Egipto
Homenaje al hombre que midió la Tierra

Hetop es un anfitrión excelente pero ni siquiera los guisos de su famosa cocinera han hecho que este viejo saco de huesos vuelva a recuperar el apetito. La cocina egipcia no es distinta, en el fondo, de su medicina y de sus matemáticas. Hay una tendencia innata en la gente del Nilo a pensar que todo problema se resuelve siguiendo al pie de la letra una lista preparada por los dioses el día de la Creación y legada después a esas pobres criaturas llamadas hombres. Mi buen Hetop ha abandonado todo espíritu crítico, todo intento de abstraer y todo indicio de las maneras investigadoras que apuntaba su despierta adolescencia en Alejandría. Ahora se conduce, de pensamiento, palabra y obra, con toda la pompa y el boato y la cerrazón que se le suponen al escriba con mayor nivel de Menfis.

Por las tardes nos suele visitar Arístides que es el cabeza de los del jardín, aquí en Menfis. Ya sabes que las ideas de los epicureos han alimentado mi espíritu y han sido siempre la base que ha cimentado mis proyectos, ya desde mis años en Atenas. Por eso ahora me parece una ironía del destino que sean precisamente ellos, de entre los no ignorantes, lo únicos que se niegan a aceptar mis conclusiones sobre la esfericidad de la Tierra y lo que probablemente es el logro más importante de mi carrera científica, la medición exacta de sus dimensiones. No obstante, he aprendido a tolerar sus bromas al respecto. El epicureismo, y en particular su concepción de los dioses como apartados y quizás incluso ignorantes de los asuntos humanos, me ayudó a aceptar que no es un sacrilegio investigar la naturaleza con la mente abierta. Este desapego hacia los dogmas religiosos me permitió a mí, al igual que le permitió a mi admirado amigo y maestro Arquímedes, el más grande de entre los sabios que ha dado el mundo, separarme de la superstición y analizar las pruebas sin prejuicios, todo ello sin renunciar a la idea de un principio creador. Te sorprenderá quizás, que yo diga esto, cuando lo cierto es que siempre he contado con el apoyo incondicional del faraón, pero tendrías que haber asistido a uno de los interminables debates de mis primeros tiempos en la biblioteca, cuando además de los faraones Evergetes antes, y Filopátor después, solía asistir el bueno de Cleanto de Assos. Cleanto no se preocupaba por rebatir mis argumentos o los de Arquímedes, sino que insistía en que yo mismo, Arquímedes, e incluso el viejo Aristarco de Samos, debíamos de ser procesados por impíos. Con nuestra obsesión por medir, estimar y dibujar, nos habíamos atrevido, decía Cleanto, a poner en tela de juicio el carácter divino de la esfera celeste. Afortunadamente ninguno de aquellos faraones se tomó en serio las peticiones de Cleanto y en cualquier caso, mi intención nunca fue poner en tela de juicio el origen divino de la Creación, en el que creo completamente, sino simplemente conocer mejor los detalles de la gran obra, cosa que creo que forma parte del plan del Hacedor.

Respeto a Aristarco, he de decir que yo nunca estuve de acuerdo con él, en su hipótesis de que es el sol y no la Tierra, el que ocupa el centro del universo. Pero pese a la diferencia de opiniones y aunque no me gustaba el misticismo pitagórico que lo inspiraba, siempre he defendido su derecho a proponer y buscar las evidencias naturales que pudieran soportar su postura. Por un lado, está claro que si la Tierra se moviera alrededor del sol, las constelaciones sufrirían ante nuestra vista terribles deformaciones angulares. Por otro, el de Estagira estableció que la Tierra, al ser lo más pesado, debe de estar en el fondo, o sea en el centro del universo, y los astros, que son más ligeros, hechos de fuego puro, están por encima. Lo contrario sería aceptar que lo pesado gira mientras que lo ligero está inmóvil. Y esta es la mejor prueba de que Aristarco erraba en este aspecto. Si bien he de reconocer que el hecho de que Arquímedes, en cuya intuición siempre confié, nunca desechara completamente la hipótesis de Aristarco, siempre me hizo albergar un fondo de duda al respecto.

Y sin embargo fue el propio Aristarco el que, poco antes de morir, me sugirió la idea que me permitió hacer la medición de la Tierra, cuando me habló de sus elucubraciones sobre la estimación del tamaño de los planetas en función de su brillo y de sus intentos de medir el diámetro del sol visualmente con ayuda de una regla en un día de niebla. Verdaderamente el de Samos tenía una imaginación fecunda y no paraba de generar ideas; algunas se quedaban en meras ocurrencias, pero otras eran muy agudas. Aunque también es cierto que yo había empezado a concebir el plan tras una de mis estancias en Siracusa, después de que Arquímedes me mostrara un boceto de sus trabajos sobre la propagación de la luz. Él fue el que me hizo comprender que, si el sol es tan inmensamente grande como algunos pensamos con respecto a la Tierra, entonces, sin duda, sus rayos llegan, a todos los efectos, de forma paralela a nosotros, sea cual sea la latitud en la que nos encontremos. Esta fue la clave. El resto ya lo conoces. Afortunadamente los mercaderes egipcios, aparte de dicharacheros y vende burras, son muy aficionados a adornar sus registros contables con relatos curiosos sobre los lugares que visitan y entre charlas, listas y una visita personal pude confirmar que, efectivamente, los postes verticales en Siena no arrojan ninguna sombra al mediodía, justo en el mismo día del año en que en Alejandría sí lo hacen. La distancia entre ambas ciudades la obtuve de testimonios de mercaderes, militares y viajeros, valores que promedié cuidadosamente durante años y que ajusté con una medición de mi propio encargo. El ángulo de la sombra del poste vertical en Alejandría era un tema muy delicado y me di cuenta desde el principio de que cualquier pequeño error en su medición, podría significar un error magnificado en la cifra final. Por eso contraté al herrero Abbas la construcción de un gnomon especialmente preciso.

Pero no creas que aquí en Menfis Hetop me deja presumir mucho de mis hazañas intelectuales. Él ya se considera una lumbrera porque entiende el lenguaje de los jeroglíficos, que va quedando gradualmente restringido a los sacerdotes y a los de su clase y que supongo que en una o dos generaciones corre peligro de quedar totalmente olvidado, lo cual sería una pena. Ayer, en presencia de Arístides, me preguntó con sorna qué era eso a lo que los geómetras llamamos punto: ¿una sandía, un garbanzo, un grano de trigo, o un grano de arena? Cuando le respondí que el punto aparecía precisamente cuando no quedaba nada, casi se hernió al contener la risa. Otros días me enreda con las aporías más tontas, o intenta confundirme con las paradojas de Zenón. Supongo que esos pequeños desprecios le hacen sentir que la geometría es una pérdida de tiempo y que lo verdaderamente importante es dibujar burrapatos (así es como los egipcios llaman a los garabatos) y pretender que son el verdadero idioma de los dioses. No creas que me siento ofendido por sus dardos. Si eso le sirve de consuelo, lo doy por bien empleado, pues noto que, aparte de estas pequeñas burlas, su cariño hacia mí es sincero.

Siento que mi vida va echando su cierre, mi pequeño lince, y ya que será imposible verte, me gustaría al menos poder abrazarte una última vez antes de partir, si bien soy consciente de las trabas que impiden la materialización de este anhelo. Escríbeme, al menos, si ésta llega a tus manos, y cuéntame como te va todo por Atenas. Supongo que cuando el faraón se canse de recibir la adulación de sus súbditos en Menfis y sienta que ya está debidamente engarzado en el pabellón de divinidades antiguas, junto a Amón,-Ra y Osiris, la comitiva volverá a Alejandría, y yo con ella, si el Creador así lo tiene dispuesto. Aristófanes ya se hizo cargo de la biblioteca a comienzos de año y a mí, imposibilitado ya para la geografía y la geometría, solo me queda dictar, quizás, mis poemas antes de que la noche caiga del todo. Dicen los egipcios, que de estas cosas saben mucho, que hay que ir al encuentro de la muerte con la imagen del momento más feliz de la vida bien presente en la memoria porque, si el corazón equilibra a la pluma de Maat, ese pensamiento postrero es el que condicionará la vida palingenésica en el paraíso al que ellos llaman Iaru, que no es otra cosa que la desembocadura de su adorado Nilo. Yo fui alumno del gran Euclides en Alejandría, y estaba en su clase el día en que, ante la pregunta del hijo de un potentado meda sobre la utilidad del teorema de Pitágoras, el gran recopilador ordenó a su ayudante que le diera una moneda al joven ignorante para que sacara provecho de la clase, puesto que eso era lo único que le preocupaba. Yo fui testigo y parte de las discusiones intelectuales del más alto nivel de mi tiempo. Yo he dirigido durante más de cuarenta años el templo del saber de nuestros días, la fabulosa biblioteca de los Ptolomeos. Yo he vivido momentos de éxtasis, como aquella vez en la que, con el corazón en un puño, esperé el mediodía de Siena en el fondo de un pozo seco y sentí los rayos de sol rebasar el brocal y entrar verticalmente sobre mi cabeza para ver confirmada mi teoría. Pero nada de esto ocupará mis últimos pensamientos. Yo me iré, hijo, con la imagen de aquellas tardes de tu niñez en el faro de Siracusa, cuando juntos veíamos a los barcos desaparecer poco a poco tras el horizonte, primero el casco, luego la cubierta y finalmente las velas, y cuando al crepúsculo tu madre venía a buscarnos para cenar y los tres regresábamos a casa de Arquímedes paseando por la orilla del mar. Ya sea a la griega, o sea en el Elíseo con jueces de ultratumba, o a la egipcia, es decir en el Iaru con tribunal de Osiris, espero encontrarme con ella pronto.

Tu padre, Eratóstenes, el de Cirene, al que también han llamado el Beta, el Pentathlos e incluso, muy inmerecidamente, el segundo Platón.

En Menfis, durante el primer año del reinado del faraón Ptolomeo Epífanes.

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